sábado, 22 de agosto de 2015

Grandes Hallazgos Arqueológicos XIV: La Victoria de Samotracia, la sublime Niké alada del Helenismo.

La Niké alada de Samotracia.
Hacia el año 190 a.C. un autor anónimo, que muy probablemente participó en la creación del célebre Altar de Pergamo (uno de los grandes monumentos del Helenismo), erigió una extraordinaria Niké alada esculpida en mármol de Paros, una pequeña isla griega del archipiélago de las Cícladas en el Egeo que pertenecía a Rodas. La Niké era la diosa griega de la Victoria que, en este caso, fue erigida, soberbia y en equilibrio, sobre un pedestal que representaba la proa de un navío. La espléndida Niké servía para conmemorar la victoria naval obtenida por los rodios en Side sobre Antíoco III Megas, de los Seleúcidas y rey de Siria. Los Rodios la donaron, posteriormente, al Santuario de los Grandes Dioses o Cabiros situado en en la isla de Samotracia, al nordeste del Egeo. Una sublime estatua femenina y conmemorativa de bulto redondo que habría que encuadrar en la escuela de Rodas del periodo Helenístico.

Otra vista de a imponente Victoria de Samotracia.
El Helenismo es consecuencia de la expansión de Filipo y de su hijo Alejandro Magno, que provocó la creación de un imperio de carácter oriental. Algo que introducirá nuevos elementos y cambios fundamentales en el mundo y el arte griego. Unos cambios entre los que destacan: el aumento del realismo, tanto en el moldeado y en el movimiento como en la expresión y el carácter de los temas tratados. Una nueva ambición del artista es ser capaz de representarla multiplicidad de los planos del cuerpo humano. Conseguir exponer movimientos en direcciones opuestas, el carácter y la emoción humana reproduciéndolos con el mayor realismo posible. Ese realismo condiciona los temas elegidos que son: la vejez, la infancia, la deformidad, la ira, la desesperación, la victoria..., temas anteriormente o no tratados o representados esporádicamente en el clasicismo griego. Uno de los grandes paradigmas del Helenismo, junto a la Venus de Milos o el Laocoonte, es la Victoria de Samotracia que hoy nos ocupa, cuyos pliegues arremolinados y postura elástica la diferencian de las Victorias de la escuela de Fidias, el gran escultor clásico. 

Plano del Santuario de los Grandes Dioses en Samotracia.
El descubrimiento y la posterior restauración de la Victoria de Samotracia son tan fascinantes como dicha figura. Su descubridor fue un tal Charles Champoiseau, diplomático francés, que no era arqueólogo, aunque si era entusiasta del Arte y Historia, no en vano su padre fue fundador Sociedad Arqueológica de Turena. Otro de esos viajeros y aventureros franceses del siglo XIX que son azuzados por el intento de agradar a Napoleón III, verdadero fanático de las antigüedades y empeñado en aumentar la colección nacional del Louvre. De esta forma. tras ser cónsul en numerosos países, en 1862 se encuentra en el Imperio Otomano, como Cónsul en Adrianópolis (Edirne, Turquía).

Mapa de la Grecia helenística con la costa Tracia y Samotracia.
Fascinado por la costa Tracia de Grecia y, en concreto, por una pequeña isla Samotracia. Isla que se encontraba casi abandonada tras la Guerra de Independencia de Grecia (1821-32), durante la que se produce una gran matanza que los turcos en la isla. Charles entendió que ese hecho favorecía su propósito y no tuvo que pedir permiso para su primera visita de prospección a la isla en septiembre de 1862. En dos días descubre el gran potencial que Samotracia contiene, y escribe una carta al Primer Ministro de Francia en la que expone los hechos: “Por todas partes hay centenares de columnas quebradas, fustes y capiteles de mármol que indican que los templos cubrían aquel lugar. Los campesinos han desenterrado sepulturas, sarcófagos de piedra y cerámicas. No hay duda de que unas excavaciones serias llevarían al descubrimiento de objetos raros y de gran valor”. De modo que, solicitó al gobierno de Napoleón III unos 2.000 francos, ante la magnitud de los posibles hallazgos. 

Vista del Hieron del Santuario de los Grandes Dioses, lugar donde se erigió la Niké  de Samotracia.
Una gran suma de dinero para esa época, que le fue concedida y en marzo de 1863 Champoiseau regresó a Samotracia con un equipo para realizar excavaciones sistemáticas. Centrándose en el mencionado Santuario de los Grandes Dioses, y al poco de iniciar la excavación los obreros de Adrianópolis atisban un hombro de resplandeciente mármol de Paros en una colina, y al poco ven como aparece un busto. Corren a buscar al Charles al grito de ¡Señor, hemos encontrado una mujer!, y Champoiseau termina por desenterrar un tronco de mujer cubierto con manto de más de dos metros de altura. Junto a ella aparecieron unas espléndidas alas y partes del manto de mármol, que le permitieron saber que era una Niké, una de las más extraordinarias criaturas ideadas por el hombre antiguo había sido descubierta. Y el 15 de abril de 1863, en una carta dirigida al embajador de Francia en Constantinopla se expresa en los siguientes términos: “He encontrado una estatua de la Victoria alada esculpida en mármol y de proporciones colosales. Desgraciadamente, no he encontrado ni la cabeza ni los brazos. Pero el resto está casi intacto y ha sido labrado con un arte que ninguna de las obras griegas que conozco iguala”. 

Imagen del proceso de restauración en 1879.
Todos los fragmentos y la Niké son enviados al Louvre, donde llegó en mayo 1864, tras un largo viaje por el Mediterráneo de un año. Desde su llegada la Louvre se inician los trabajos de restauración, en inicio se asegura la figura con una sólida barra metálica, muchos de los fragmentos fueron colocados, pero no se pudo hacer nada para colocar el busto y el ala izquierda, eran muy inestables y quedaron archivados. La Niké casi reconstruida en su totalidad fue expuesta por primera vez en 1866 en la célebre sala de las Cariátides del Louvre. Posteriormente, se produce otro hallazgo sensacional, en 1875 un equipo de arqueólogos austriacos realizó nuevos trabajos arqueológicos en Samotracia. Y sacaron a la luz 23 grandes bloques de mármol gris de Lartos, que correctamente unidos formaban lo que era una proa de un navío de guerra. En muchas monedas helenísticas aparece representada una Victoria alada sobre la proa de un barco, por lo que no había ninguna duda, era la imponente base de la soberbia Niké de Samotracia, que con la base alcanza los 5 metros de alto. Champoiseau recibe la noticia de tal hallazgo y logra que los 23 bloques lleguen al Louvre. 

Vista de la Victoria sobre los bloques que simulaban la proa de un navío de guerra.
Ya con los bloques del pedestal entre 1880-1883 se inicia la cuasi final restauración de la Victoria, para tal magna empresa se siguió un modelo creado por el gran arqueólogo de Grecia de la época, el alemán Alexander Conze, que acababa de descubrir el sublime Altar de Pérgamo, que estaba trabajando en Samotracia. Se reforzó la estructura, se colocó el busto, se reconstruyeron varios fragmentos incompletos con yeso y mármol, se colocó el ala izquierda y con un molde inverso de la misma se restauró el ala derecha, incluso se encajaron tres plumas originales. Pero más de viente fragmentos no pudieron ser ubicados por su mal estado, los trabajos de restauración terminan en 1884. La colosal Victoria fue colocada en un lugar de máximo honor del Louvre, a la entrada del museo, en la cúspide llamada escalera Daru, donde se alzaba majestuosa con sus dos alas. En 1891, Champoiseau realizó su última expedición a Samotracia para intentar localizar la cabeza, brazos, y los fragmentos que faltaban, no obstante, nunca se han descubierto. Lo único que se ha descubierto fue la colosal mano derecha en 1950, que una vez reconstruida se conserva en una vitrina del Lovre. Por su forma y disposición de los dedos se infiere que la Nike hacía el gesto de saludo o celebración de la victoria, podría estar incluso sosteniendo una trompeta, como en las monedas de la época, al no contar con cabeza ni brazos siempre será un misterio y fuente de hipótesis. 

Mano derecha de la Niké de Samotracia.
La sobrenatural Niké alada, aún no teniendo cabeza ni brazos, asombró y cautivo a generaciones convirtiéndose en un símbolo de la Grecia clásica, de Francia y, por supuesto, de París y del Louvre. Magna, eterna y desafiante en la escalera Daru simbolizaba en palabras de Cézanne “una idea, de todo un pueblo, de un momento heroico en la vida de un pueblo, el tejido se pega, las alas baten, los senos se inflaman. No necesito ver la cabeza para imaginar su mirada”. Nunca abandonó ese lugar prominente, salvo en la Segunda Guerra Mundial, que es trasladada fuera de París. Y, más recientemente, en la última gran restauración que se ha llevado a cabo en 2013, durante la misma se traslado a una sala del museo la figura y los bloques de la base. 

Imponente vista de como se alza la Victoria de Samotracia coronando la escalera Daru del Louvre.
Siendo sometida a un minucioso proceso de restauración que se prolongó diez meses, en el que se devolvió a la estatua la blancura original del mármol de Paros, se repararon ranuras y grietas, se añadió una nueva pluma original en el ala, y se eliminó un pedestal de cemento mal colocado en 1934. Además se descubrieron ínfimos restos de pintura azul, que demuestran, como era lógico, que la Victoria de Samotracia como otras muchas esculturas griegas, estaba policromada, llena de color para acentuar su soberbio realismo. Una maravillosa restauración que costó unos 400.000 euros que fueron obtenidos por el novedoso sistema de crowdfunding (micromecenazgo) y donaciones privadas. En 2014 fue expuesta de nuevo al público en su capital emplazamiento sobre su proa de navío, para seguir entusiasmando a generaciones, por la majestuosidad de sus alas desplegadas y el refinamiento de sus pliegues. 

Simulación del colorido de la Victoria.
La Victoria de Samotracia se alzará siempre como un icono de la Grecia clásica y helenística, representando un momento sutil y fugaz, cuasi instantáneo, en el que con un grácil movimiento la Victoria se dispone a posarse en la proa del navío. Pisando con el pie derecho y con el izquierdo todavía en el aire, en un movimiento detenido pero, al mismo tiempo, lleno de dinamismo, ya que el logrado equilibrio de la Nike genera un movimiento sinuoso. Es pura teatralidad y virtuosismo helenístico destacando las transparencias de las ropajes, todo un alarde de realismo, sublimando la técnica de "paños mojados" de Fidias, Unas ropas y pliegues llenos de nitidez y detallismo, que centran nuestra mirada en el audaz y bello ombligo y la curvatura del abdomen, puro encanto y que la aleja de la estatuaria clásica griega. Un detallismo y refinamiento que también se trasluce en las alas desplegadas, en contraposición a los ropajes ceñidos, que simbolizan ascensión y vuelo, pero también dramatismo y grandiosidad típicas del Helenismo. En definitiva, una maravilla ideada por un escultor audaz, un genio de sobrenatural habilidad con el mármol, un maestro anónimo que desafió las leyes de la gravedad para esculpir una colosal Victoria, que ha marcado la mirada del hombre desde que fue erigida en Samotracia en el 190 a.C. 

Bibliografía
S. Graham: El mundo griego después de Alejandro. 323-30 a. C. Barcelona, Crítica, 2001. 
A. Blanco Freijeiro. Arte Griego. CISC, Madrid, 1971.

Imágenes:
Wikipedia, National Geographic y Louvre.fr.

Enlaces de interés: 

domingo, 2 de agosto de 2015

Joyas del Gótico II: La Sainte Chapelle, París, hacia 1248.

Impresionante vista del ábside vidriado de la Sainte Chapelle.
En el año 1226 Luís IX es proclamado rey de Francia, hijo de Luís VIII “el león” y la infanta Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII, que fue regente en sus primeros años. La influencia de su madre es muy relevante, al educar a Luís en el misticismo cristiano y la devoción absoluta. De modo que, Luís IX combinó sus tareas de rey con un radical ascetismo anacoreta, se autoflagelaba, compartía su mesa con leprosos o lavaba los pies a pobres en Jueves Santo. Por todo ello, también fue conocido como San Luís de Francia, perteneció a la orden de los franciscanos, toda su vida y gobierno estuvieron guiados por la devoción, además de su participación en las Cruzadas para recuperar Tierra Santa. Como rey devoto y asceta era conocido por su afán de coleccionar las grandes reliquias del cristianismo. 

Luís IX "el santo". por El Greco a fines del XVI.
De manera que, Balduino II, último emperador latino de Bizancio, por necesidad de pecunia le ofrece la compra de la supuesta corona de espinas de Cristo, una de las grandes reliquias cristianas, y Luís no dudo en comprarla. La corona con la que crucificaron a Cristo llegó a Troyes en 1239 y, posteriormente, al Palacio Real de París. El devoto rey inicia su colección de reliquias del cristianismo, que completó hacia 1241 con la adquisición de otras nueve reliquias de la Pasión de Cristo, la mayoría del tesoro de Bizancio, esto es, Constantinopla. Destacando un fragmento de la Vera Cruz, la esponja empapada de vinagre que pusieron a Cristo en la boca en su crucifixión, parte de la supuesta sangre de Cristo, una pieza del Santo Sepulcro, y la célebre lanza de hierro con la que el soldado romano Longinos atravesó el costado de Cristo dándole muerte en la Cruz. Una colección de tal calado y culto para Luís IX que decidió levantar una capilla, junto al Palacio Real en la Isla de la Cité, para custodiar sus valiosas reliquias.

Miniatura de Las muy ricas horas del Duque de Berry, el libro de plegarías más importante del XV, ilustra el Palacio Real con la Sainte Chapelle a inicios del siglo XV.
Hacia el año 1242 se inicia la construcción de la Sainte Chapelle y en tan sólo seis años fue terminada, como la mayoría de las obras góticas se desconoce su arquitecto, aunque siempre se ha señalado como posible autor de tan magno proyecto a Pierre de Montreiul, que también fue el ideólogo que la ampliación de Notre Dame, orientado muy de cerca por Luís IX. La Sainte Chapelle es la cima absoluta y paradigma del gótico radiante francés, caracterizado por la sublimación de la altura de la bóvedas y de la luz, con reducción máxima del muro, que pierde definitivamente su función de sustento, y se llena de gloriosos vanos vidriados de colores.

Vista suprema del relicario de cristal y luz policroma.  
Es el cenit de la luz divina del gótico siendo ideada como un enorme relicario traslucido de cristal. Se pensó y logró crear una capilla a modo de colorida obra de orfebrería en piedra, un grandioso relicario cuyo fin era contener las reliquias de la pasión. Sobre todo, esa corona de espinas de Cristo, mofa de los romanos en su crucifixión, era una pieza muy especial para los cristianos al simbolizar el reinado de Cristo sobre los cielos y la tierra, unión de poder divino y terrenal, que la Sainte Chapelle vinculaba a la monarquía de los Capetos. Una bóveda celeste y llena de luz multicolor para otorgar carácter sacro a la corona francesa. Luis IX quería supeditar el poder eclesiástico a la corona, el clero de la Sainte Chapelle era autónomo del obispo de París. En abril de 1248 se terminó y consagró el nuevo templo, y el obispo de París no acude al acto. 

Fachada principal, único elemento integro del siglo XIII, rematada por la aguja de 75 metros de altura.
La lumínica y multicolor bóveda celeste fue creada gracias a la sublimación técnica y constructiva del gótico, gran empeño ascensional y perdida del carácter sustentante del muro, por el sistema extraído de la naturaleza de arbotantes y contrafuertes. Un cenit técnico que permitía llenar la Sainte Chapelle de vanos con vidrieras hasta cotas desconocidas hasta el momento. Las vidrieras tamizaban una sublime luz llena de múltiples colores, símbolo absoluto de Dios en el gótico, generando un edificio que parece levitar en ingravidez, liviano y lleno de una atmósfera de ascetismo espiritual. El refugio perfecto para el piadoso Luís IX, que entiende su capilla santa como lugar elevado y divino donde realizar sus constantes oraciones y actos de flagelación. Pasaba horas y horas en su capilla e incluso decía sentirse incomodo al escuchar misa en otro templo. Un capilla de una técnica constructiva audaz concebida como superposición de dos pisos o iglesias, siguiendo el esquema habitual de las capillas medievales, pero llevando al límite las posibilidades del gótico. 

Vista de la capilla inferior con las flores de lis, símbolo de la corona francesa, y las columnas con castillos dorados, símbolo de Castilla.
La capilla inferior es la base o podium de la construcción por ello tiene mucha menos altura, vanos y luz, al sostener el peso de la gloriosa y sublime iglesia superior, cuyos sus muros casi desaparecen y se llenan de vidrieras. La capilla inferior es de unos 6,6 metros de altura y cuenta sublimes bóvedas ojivales con columnas azules y flores de lis, símbolo de la corona francesa, también columnas rojas con castillos dorados que simbolizan a la Castilla de su madre Blanca. Ambas miden 33 metros de largo por 10,7 de largo, pero la iglesia superior alcanza los 20,5 metros de altura. El edificio completo mide 36 metros de largo, 17 de anchura, y más de 42 metros de alto, sin contar la soberbia aguja que llegaba hasta los 75 metros de altura, la actual es del siglo XIX y es de madera, luego analizaremos la razón de esos cambios. 

Capilla superior y su etérea e ingravida bóveda celestial 
La capilla superior era la que albergaba las reliquias y estaba reservada al rey y la familia, se accedía a ella por una escalera de caracol desde la capilla inferior. La superior es una alarde cuasi sobrenatural del gótico, las verticales bóvedas de crucería trasladan los empujes hacia los pilares laterales exteriores, el muro se libera y es un horror vacui de ventanales vidriados. El reducido a la mínima expresión muro y la bóveda parecen flotar, un relicario de vidrio celeste y eterno en el que la luz lo inunda todo. Una luz celestial que llega por miles de ventanales con vidrieras: los de la nave miden más de 15 metros, y los vanos del ábside más de 13 metros. 15 gloriosas vidrieras que son el paradigma de la luz mística en consonancia con las palabras de Cristo “yo soy la luz del mundo”. Y Sainte Chapelle es el imperio de la luz divina del gótico, con la que querían lograr la abstracción y generar una sensación en el fiel de abandonar el mundo material y llegar al mundo espiritual, elevado y místico. 

Otra vista de las vidrieras de la capilla superior, cenit de la luz del Gótico.
Orientada hacia el este, como todas las iglesias de la época mirando hacia donde nace el sol, la luz solar entra por las vidrieras generando efectos policromos y lumínicos sobrenaturales que debían sobrecoger al fiel del siglo XIII. Entre ventanales, en los finísimos pilares, las figuras de los doce apóstoles, las cuales han sufrido muchos destrozos y transformaciones, aunque se sabe que portarían los símbolos de cada apóstol. Nada menos que 750 metros de vidrieras, cenit de luz y color, cada una de las enormes vidrieras contaba con más de 100 escenas (unas 1113 escenas en total) que ilustraban la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento y la Pasión de Jesús, desde la historia del rey David hasta las últimas horas de Cristo. Además de menciones recurrentes a la corona francesa que quedaba vinculada al linaje de Cristo, incluso se representa a Luís IX con la célebre corona de espinas.

Rosetón del Apocalipsis en la fachada principal.
La fabricación de las vidrieras góticas era un trabajo de precisión y complejidad máxima, primero se hacía un boceto que se traslada a un cartón a tamaño natural. Luego se colocaban sobre el cartón las láminas de vidrio y eran cortadas con hierro al rojo vivo siguiendo las lineas del boceto. Tras eso se aplicaba el color, los perfiles y caras eran trazados con un pincel. Finalmente, se volvían a hornear esos fragmentos ya policromados de vidrio, y se unían como un complejo puzzle con laminas de plomo soldadas, verdaderos tapices o mosaicos de vidrio traslúcido. El conjunto de vidrieras se completa con un descomunal rosetón en la fachada principal, única parte que se conserva intacta como en el siglo XIII. Un gran vano circular de 9 metros de diámetro que contiene 87 escenas que narran e ilustran el Apocalipsis. En una tribuna, sobre un altar elevado, en el centro del abside de este relicario de cristal, se conservaban las reliquias de la Pasión de Luís IX. 

Centro del ábside donde se colocaron las célebres reliquias de la Pasión.
Otra vista del sobrenatural y magno relicario de cristal.
Luís IX "el santo" muere en 1270, en el transcurso de la novena cruzada siendo víctima de la disentería que sufría todo su ejercito en Túnez. Y su divina y mística Sainte Chapelle quedó como su gran y admirado legado durante siglos. No obstante, la celestial capilla sufrió los estragos del tiempo, quedó muy dañada en un incendio en 1630, y fue totalmente expoliada y desmantelada durante la Revolución Francesa, siendo destruidas sus reliquias. El edificio estaba tocado de muerte y requirió una gran restauración en el siglo XIX, cuyo resultado fue magnífico, y es que la Sainte Chapelle que podemos disfrutar hoy en día guarda la esencia de luz divina y verticalidad gótica con la que fue construida. Quitando la fachada principal, todo es del siglo XIX, pero eso no resta ni un ápice de su sublimado y luminoso goticismo, que debe ser contemplado al menos una vez en la vida. 

Bibliografía: 
G. Duby. 
- La Europa de las catedrales, 1140-1280. Skira, Barcelona. 1966.
- La época de las catedrales, arte y sociedad. Cátedra, madrid, 1996. 
I. Monteria. La Sainte Chapelle. Historia de National Geographic nº 138, 2015. 

Web:

Imágenes: 
Wikipedia y National Geographic.