martes, 26 de agosto de 2014

Grandes Iconos Universales XX: La Balsa de la Medusa, Théodore Géricault, 1819.


De nuevo nos sumergidos en la primera mitad del siglo XIX, un siglo convulso en lo político y romántico en lo artístico, momento de revoluciones y de un nuevo estilo artístico, el romanticismo. Marcado por la intensidad, el dramatismo, la pasión, el movimiento exótico y los contrastes violentos y lumínicos, que alcanzan su culmen en La Balsa de la Medusa del maestro romántico francés Théodore Géricault. Un autor que crea una monumental obra alejada de cualquier paradigma académico, llevando al extremo el ideario romántico de libertad absoluta en la creación, y extrayendo belleza del horror. Géricault utiliza para este monumental óleo (491 cm x 717 cm) la inspiración de un hecho real, una gran tragedia. En concreto el naufragio acaecido en julio de 1816 cuando la célebre fragata Medusa de la marina francesa encalló en la costa de África occidental, en la actual Mauritania. Quedando a merced del mar a unos 147 marineros, que estuvieron a la deriva durante 13 días en una balsa mal construida e improvisada. Murieron todos menos 15, presa de la desesperación, la sed, el hambre y el canibalismo. La tragedia se convirtió en un escándalo, ya que el inepto capitán, los oficiales y los tripulantes (de clase alta) utilizaron los barcas salvavidas, dejando al resto de la tripulación abandonada. Un acto de crueldad, que salpicó a la recién restaurada Monarquía borbónica francesa. 

Centro de la doble composición piramidal que emana dramatismo.
El Vizconde Hugues Duroy de Chaumereys fue nombrado capitán de la fragata a pesar de que llevaba 20 años sin navegar. La misión de la fragata era la devolución a Francia de la colonia inglesa de Senegal tras la Paz de Paris, favorable a los franceses. La navegación fue rápida e inexperta y provocó el naufragio de la fragata con sus 400 tripulantes, en los barcos salvavidas sólo cabían unos 250, el resto se apiñaron en una balsa construida con celeridad. En inicio, la balsa fue arrastrada, pero tras unas pocas millas quedó a la deriva. La primera noche ya fallecieron 20 marineros, por suicidios o asesinatos provocados por la nula cantidad de provisiones.

Parte superior con las cimas de las pirámides y tempestuoso mar de fondo.
Tras 13 días en el mar fueron rescatados con vida sólo 15 navegantes, los demás habían sido víctimas de la desesperación, la inanición y el canibalismo. Lógicamente, fue un escándalo social de una gran repercusión, la nueva Monarquía francesa abandonaba a sus ciudadanos a su suerte por ser de condición social menor. Se intento tapar la vergüenza de tal hecho, pero Géricault lo inmortalizó para que nunca se olvidara unos de los hechos más crueles que se recuerdan, y como muestra de que la Monarquía abandonaba a su suerte a sus ciudadanos. En palabras del propio artista “Ni la poesía ni la pintura podrán jamás hacer justicia al horror y la angustia de los hombres de la balsa”. Es un cuadro de historia, de crítica política y social abordado con un realismo y dramatismo cuasi insuperables.

La pirámide de moribundos y cadáveres cuya cúspide representa la esperanza de los intentan aún ser rescatados.
En la Balsa de la Medusa, Géricault nos revela con total intensidad esa vejación, desesperación y situación de abandono que sufrieron los tripulantes de la desvencijada balsa. Todo se expresa con gran emotividad, desmesurado dinamismo y dramatismo personificado en los rostros, escorzos, gestos y movimientos de los náufragos de la balsa. Sus rostros trasmiten variadas emociones desde la desesperación a ciertos aires de esperanza, todo perfectamente resaltado por una luz sobrenatural, los contrastes de luces y sombras abundan en el dramatismo de la escena. Una balsa que se nos presenta en oblicuo, movida por las olas, en la que los balseros se mueven con un dinamismo dramático que les hace estar constreñidos en el espacio, con un tempestuoso y oscuro telón de fondo.

La piramide de la desesperanza con la vela que sopla hacia la muerte.
Géricault utiliza una excelsa composición piramidal doble, las figuras de náufragos se estructuran en dos pirámides: una de las pirámides está formada por los cadáveres y moribundos hasta llegar a la cúspide, donde se vislumbra un pequeño halo de esperanza. Dos de los balseros mueven desesperadamente telas para poder ser vistos por el barco de rescate, el Argus, insinuado como un mínimo pigmento en el horizonte. Y la otra pirámide está formada por el resto de figuras y la vela movida por el viento, que curiosamente, sopla en la dirección contraria alejando a la balsa del barco de rescate, añadiendo dramatismo y fatalismo a la escena. 

Detalle de los dos balseros que tratan de hacerse ver y ser rescatados por el Argus,  punto exiguo del fondo.
La acumulación de personajes sobre la balsa compone un espacio lleno de teatralidad, reduciendo tanto el espacio que el cuadro no cuenta con el punto de fuga de la perspectiva clásica. Unas figuras que parecen hechas de cera, de palidez cadavérica, gracias a una gama de colores escueta. La paleta se reduce del gris al negro, y del beis a los colores pardos con claroscuros. Todo ello contribuye a lograr una atmósfera angustiosa y marcada por la desesperanza, unos colores que nos inducen al fatalismo y la muerte. Unido a una pincelada suelta y rápida, que deja difuminados los contornos de las figuras. 

Detalle del anciano resignando a su suerte,
Para los cuerpos cadavéricos de los balseros Gericualt estudió cadáveres y se inspiró claramente en las figuras hercúleas de Miguel Ángel. Por lo que amalgamaba la belleza y el horror, los musculosos cuerpos de los náufragos desprenden dramatismo, pánico y temor a la muerte a la par que belleza. En el Romanticismo la belleza también era emanada por el horror y drama del realismo, la deformidad o la desgracia. El realismo y la fatalidad están expresadas en las expresiones de los personajes que son muy variadas. Desde la desesperada esperanza de los que intentan hacerse ver por el barco de rescate, pasando por la angustiosa expresión de muchos, hasta la resignación del hombre que da la espalda al rescate con su cabeza apoyada en la mano (en un gesto de sublime realismo) y que a sus pies yace su hijo muerto.

Parte inferior en la que apreciamos el movimiento dramático y los escorzos de puro romanticismo.
En definitiva, estamos ante una sublime demostración de como un cuadro puede ser histórico y social a la vez. Ilustra un pasaje histórico dramático y, del mismo modo, critica las diferencias sociales y la desastrosa gestión política de la nueva Monarquía francesa. Géricualt denuncia una brutal injusticia y aprovecha para sublimar el dramatismo y movimiento del Romanticismo, extrayendo belleza del horror y el fatalismo humano. Estamos, por lo tanto, ante otro inmenso icono universal que transciende la pintura para convertirse en símbolo de una sociedad y una época concreta.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Personajes Singulares de la Historia XXVII: Mecenas.

Busto de Cayo Clinio Mecenas.
Cayo Clinio Mecenas nace en el año 70 a.C. en la ciudad etrusca de Arretium (Arezzo) en el seno de una familia de origen noble. Incluso se decía que descendía de los antiguos reyes etruscos, por parentesco de la familia materna con los llamados Clinios. En palabras de Horacio, uno de sus protegidos escritores, Mecenas era “nacido de reyes antiguos, mi dulce baluarte y honor”. Mecenas era noble desde la cuna, pero nunca quiso pertenecer al Senado, en el cursus honorum siempre se quedo en la escala de los llamados Caballeros, a pesar de que por su poder y círculo de influencias y amistades pudo ser senador. Entre sus amigos y protegidos se encontraba Cayo Octavio Turino (luego Augusto) del que era confidente y consejero desde sus inicios en política. Mecenas siempre fue amigo de Octavio, y cuando en el año 44 a.C. asesinan a su tío Julio César, se pone a su servicio  para hacerse con el poder de Roma. 

Foro Romano donde se forjó la fama y fortuna de Mecenas.
Le ayudó a hacerse con un primer ejército leal, para defender sus derechos y vengar a César. Siendo mano derecha de Augusto en la célebre batalla de los Filipos (Macedonia) en el año 42 a.C. en la que se enfrentaron los aliados, en ese momento, Octavio y Marco Antonio frente a los asesinos de César, Bruto y Cayo Casio. La batalla, a pesar de no tener un claro vencedor, supuso el suicidio de Casio y el inicio del Triunvirato formado por Octavio, Marco Antonio y Lépido. Durante dicho Triunvirato Mecenas actúa como diplomático en favor de Augusto, tiene un importante papel de mediador para la obtención de los tratados de Brundisium y Tarentum, años 40 y 37 a.C. respectivamente, que mantienen vivo el triunvirato. En el tratado de Tarentum se acordaron nuevos repartos entre Octavio y Marco Antonio quedando como tercero en discordia a Lépido, ya mera comparsa. 

Mapa de Imperio creado por Augusto.
Además en el año 40 a.C. Mecenas impulsó el matrimonio entre Octavio y Escribiona, de la familia de Pompeyo, una maniobra para evitar la guerra civil, que la postre fue inevitable. Del matrimonio nació Julia, única hija de Octavio, cuya descendencia gobernaría el imperio forjado por Octavio. Junto con Marco Agripa, Mecenas era el que sustituía a Augusto en las tareas de gobierno cuando estaba ausente, por viajes o batallas. Como por ejemplo en el 36 a.C. cuando Octavio marcha a Sicilia a combatir a Pompeyo, y Mecenas queda al cargo de Roma. Del mismo modo, fue de nuevo gran consejero , junto con Agripa, de Octavio en la famosa y final batalla del Actium (31 a.C). En la que Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados y Octavio, ya como Augusto, se hizo con todo el poder. Mecenas fue clave en la defensa de Augusto y su creación del Imperio, sofocando conspiraciones contra su persona, como la protagonizada por Lépido “el joven” (hijo de Lépido). 

Busto de Octavio César Augusto.
Entre sus coetáneos Mecenas era el perfecto vividor, tenía fama de gusto por los placeres de la vida, de las orgías y las fiestas. Llegaron incluso a verle como un hombre con tintes afeminados, se le acusaba de “superar a una mujer en su dedicación a la indolencia y al lujo”. Se basaban en su forma de vestir y su empeño por llevar siempre el llamado pallium o especie de manto (sobre la cabeza) cuando presidía un tribunal, quizás todo son especulaciones y envidias por su inmensa fortuna. Una fortuna, que al igual que el erario público romano, se incrementó notablemente por las confiscaciones a los senadores no afines a Augusto. Tal era su riqueza que llegó a construirse una gran residencia en el Monte Esquilino, célebre por sus inconmensurables jardines, de los que aún se conserva algún resto. Era una residencia gloriosa donde celebraba grandes banquetes amenizados por músicos y se dice que puso de moda entre la élite romana hábitos tan extraños como comer carne de monos jóvenes. Un epicúreo y refinado anfitrión que gustaba de los grandes placeres y de derrochar su pecunia. 

Restos de una columna de los jardines de la Mansión de Mecenas en el Monte Esquilino.
Mecenas era un gran aficionado a la música, el teatro, la poesía, incluso llegó escribir algunas obras y poemas en los que se trasluce su carácter sibarita, gracias a algunos fragmentos que se conservan de su poema In Octavium. Fue el gran impulsor de las artes y, sobre todo, la literatura al ofrecer protección y apoyo a los grandes poetas y escritores del momento, como Horacio, Propecio o Virgilio. Además de su gusto por las letras, Mecenas quería ganarse a los principales autores de su tiempo por la gran influencia que tenían en la plebe. Un simple poema de Catulo causo grandes agravios a Julio César, al insinuar que tenía un amante llamado Mamurra. Por ello el trasfondo del primer Mecenas de la Historia era también público y político, quería que los grandes literatos y artistas romanos de su tiempo se convirtieran en aduladores del gran Augusto, fundador y pacificador del Imperio. Un objetivo que logró en parte, por ejemplo Virgilio rinde homenaje en su Eneida al linaje de Augusto. Horacio y Propecio no adulaban en exceso a Augusto, pero tampoco extendían rumores que hicieran peligrar la gran visión que la plebe tenía del César, y se dedicaban a sus musas y sus cantos poéticos a sus amores. 

Mecenas presenta las artes liberales a Augusto, óleo de Giovanni Battista Tiepolo, 1743. 
No es que Mecenas se dedicara a comprar a los poetas y artistas, pero si los mantenía en su círculo de confianza, y por tanto, evita agravios contra Augusto. Con su mecenazgo y banquetes adulatorios en los que les ofrecía propiedades o influencia, que algunos rechazaban, por ejemplo Horacio no aceptó desempeñar cargos públicos. Con el tiempo la relación entre Mecenas y Augusto se enfría, Agripa se convierte en la verdadera mano derecha del emperador, y nuestro acaudalado Mecenas queda en un segundo plano. Para algunos se produce por una excesiva cercanía o relación entre la esposa de Mecenas, Terencia, y Augusto. También pudo ser una decisión personal de Mecenas de retirarse de la ajetreada vida pública y retirarse a su mansión del Esquilino, yo me decanto por esta segunda opción. 

Villa de Mecenas en Tivoli, por Jacob F. Hackert.
En sus últimos años se centró en su promoción de literatos y artistas, y en su afición por la música y la poesía. El gran Mecenas muere en el 8 a.C. sin dejar descendencia, y, curiosamente, lega toda su inmensa fortuna a Octavio Augusto. Un hecho que, obviamente, zanja el insinuado posible enfrentamiento entre ellos. El nombre de Mecenas queda para posteridad, su gran fama hace que se utilice para denominar a los protectores y promotores de artistas, literatos y científicos en el Renacimiento, los llamados Mecenas, en honor a Cayo Clinio Mecenas. Los Medicis, los Sforza, los Reyes y Papas de la Edad Moderna son herederos del Mecenas original. Un noble romano que defendió su gusto por los placeres, el arte y la literatura, siendo gran protector y consejero de Augusto, el creador del mayor Imperio de la Historia. 

Bibliografía: 
J. M. Roldán. Historia de Roma. Ed Universidad. Salamanca.1995. 
J. L. Posadas. Mecenas, el amigo de Augusto y los poetas. Historia NG, nº 126. 
Dión Casio. Historia de Roma, Libros L-LX. Gredos, Madrid, 2011.