Grandes Iconos Universales XVII: El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484.


Sandro Botticelli es el maestro del dibujo eléctrico y de la belleza en movimiento, que se agita en todas sus formas femeninas. Su hedonismo y neoplatonismo estético queda plasmado en sus paisajes primaverales y en su glorificación del cuerpo humano desnudo, en obras de temática mitológica, que son el cenit del Quattrocento (como ya vimos en su Alegoría de la Primavera, ver Grandes iconos universales XIV). La pintura de Botticelli está marcada por la gracia y la elegancia, en un arte muy intelectual y muy centrado en la representación de sentimientos. Ese humanismo y neoplatonismo estético inunda su obra, y podemos encontrarlo en obras mitológicas tan deliciosas como la que nos ocupa:

Detalle de la simétrica composición de Botticelli.
El nacimiento de Venus (óleo sobre temple), parece ser que fue un encargo de Lorenzo Di Pierfrancesco de Médici, para decorar una de sus Villas campestres en Florencia, pero no está del todo demostrado. Lo que si parece claro es que la modelo en que se inspiró Sandro para la Venus es Simonetta Vespucci, la musa de la época para los Médicis. Venus (la griega Afrodita) era la diosa del amor y la belleza, de nuevo Botticelli toma como referencia literaria a Ovidio y sus Metamorfosis. Ya que según el mito, nace cuando Saturno arranca los genitales a su padre Urano y los arroja al mar, de la espuma del mar nace la bella Venus. No obstante, el momento que representa Botticelli es el de la llegada de la diosa, tras su nacimiento marino y sobre una gran venera o concha, a la playa de la isla de Citera o Chipre. También toma como fuente a Homero. que nos cuenta que Venus llega a la Citera empujada por los dioses del viento y una lluvia de flores. 

Detalle del centro, con la Bella Venus en su venera.
El Cuattrocento recupera el desnudo femenino para representar a una diosa pagana, y El Nacimiento de Venus es la apoteosis de ese cuerpo desnudo. Pero, curiosamente, no representa sólo lo carnal o la sensualidad, más bien Botticelli plasma el ideal de belleza e inteligencia absolutas y eternas. La composición triangular es de una sublime simetría: En el centro de la misma está situada la majestuosa figura de Venus, encima de una gran venera sobre un mar verdoso. Parece evidente que Botticelli se inspiró en las llamadas Venus Púdicas romanas, de modo que nuestra bella diosa tapa su cuerpo con las manos (con el brazo derecho se tapa, sutilmente, el pecho) y con sus largos cabellos dorados. Su postura y piel blanquecina, similar al mármol, nos recuerda a la estatuaria clásica romana. Una figura grácil y tierna, en la que Sandro derrocha armonía y delicadeza con unas libertades pictóricas (como su cuello de tamaño antinatural), que realzan la belleza y calidad de una imagen, totalmente, divina.

Detalle de la parte izquierda, con Céfiro y Cloris enlazados.
A la izquierda, nos encontramos con dos divinidades del viento: Céfiro, el dios del viento del oeste e hijo de la Aurora o Eos, y la ninfa Cloris, ambos están, elegantemente, enlazados por un grácil abrazo. Según el mito, Céfiro raptó a Cloris en el jardín de las Hespérides, el dios del viento se enamoró de la ninfa, y, finalmente, se casaron, de este modo Cloris pasó a ser Flora, diosa de la flores y la brisa. En su movimiento y soplo hacen volar la flor fetiche o sagrada de Venus, las rosas, que fueron creadas a la par que la diosa. Las rosas son símbolo del amor, por su aroma y belleza, y por el dolor que pueden provocar sus espinas.

Detalle de la derecha, con la Primavera y su florido manto protector.
A la derecha podemos ver una irreal y boscosa costa, zona terrestre, donde aparece otra figura femenina, se trata de una de las Horas, diosas/ninfas de las estaciones, es la ninfa de la Primavera, pertrechada con una sutil y ligera vestimenta floreada, con un cinturón de rosas y en el cuello una giralda de mirto, flor que es símbolo del amor eterno, bajos sus pies encontramos una anémona azul. La ninfa Primavera espera la llegada de la diosa, para cubrirla con una túnica o manto rojo también con decoración floral, en un momento de una emotividad e intensidad poética excepcional. 

Venus de Botticelli, apoteósica.
Botticelli, como gran maestro del Cuattrocento, se inspira en el clasicismo y nos ofrece unas figuras magníficas e idealizadas, con los contornos muy marcados y un modelado grueso, que nos recuerda a una estatua romana o griega. La línea se impone sobre el color, con contornos muy nítidos y apariencia plana de las formas. Lógicamente, respecto al Cinquecento, Sandro es algo frío y primario, pero sus obras son sensacionales muestras de sensibilidad y emoción. Como hace que los ropajes se adhieran a los cuerpos de las figuras, con gran nivel de detallismo en los pliegues y en el paisaje primaveral. El Nacimiento de Venus está colmada de su dibujo nervioso, de sus formas ondulantes, y de su genial uso de la profundidad acentuado por la mencionada línea costera. En definitiva, Botticelli recupera, idealiza y diviniza el desnudo femenino en una Venus que derrocha Belleza, sensibilidad y poesía, todo un icono que ha marcado la mirada de Occidente, símbolo del amor y de la belleza eterna.

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