Grandes Hallazgos Arqueológicos IX: La Tumba del Señor de Sipán.


En el año 1987 el arqueólogo peruano Walter Alva saca a la luz en Sipán (Perú) una suntuosa tumba, que pertenecía al llamado Señor de Sipán, un poderoso gobernante de la cultura mochica. Civilización elevada y floreciente que se desarrolló entre el 100 y el 800 d.C. en la árida costa del Pacífico norte de Peru. Los mochicas construyeron grandes sistemas y canales de irrigación, para abastecerse de agua y desarrollar sus cultivos, compensando la aridez de la zona. Además fueron grandes comerciantes, generando redes comerciales con la zona de Ecuador y Chile. Tal fue su desarrollo que llegaron a levantar grandes pirámides escalonadas de barro y adobe, las llamadas Huacas, destacando las Huacas del Sol y de la Luna, cerca de Trujillo (Perú). Construidas sobre grandes bases de adobes rectangulares que se encuentran unidos con mortero de barro, sobre potentes plataformas y con una destacable altura, por ejemplo, la Huaca del Sol cuenta con 40 metros de altura. Trabajaron con precisión el oro, la plata y el cobre en bellos ornamentos, destacando, sobremanera, su cerámica, como ofrenda en los aguares funerarios, con una plástica y expresividad únicas. Pero, como tantas otras culturas, se derrumba de forma sorpresiva en el año 800, por un cambio climático producido por un cataclismo natural. Desaparece dejando un gran legado cultural en sus tumbas y en su arquitectura en forma de grandes pirámides ceremoniales.

Huaca del Sol.
El descubrimiento de la Tumba del señor de Sipán se produce de una curiosa forma, fue la policía la que avisa a Walter Alva, diciéndole que, textualmente, habían encontrado algo “que usted tiene que ver...”. La policía peruana luchaba contra el lucrativo contrabando de antigüedades en Perú, en contra de las bandas de los llamados huáqueros, expoliadores que se dedicaban a profanar tumbas y vender sus ricos ajuares. Pues la policía acudió a Sipan donde una bandas de estos huaqueros estaban saqueando el yacimiento conocido como la Huaca Rajada. Al llegar a ver el botín de uno de los ladrones de tumbas, Walter Alva se queda pasmado ante los extraordinarios ornamentos de oro, como unas magníficas cuentas de cabeza de jaguar. Lógicamente, Walter entendió que estaba ante una gran yacimiento, pero ocurrió que los lugareños también acudieron en masa a la Huaca rajada, atraídos por las noticias de grandes riquezas para expoliar. De manera que, Walter junto con la policia se desplazó con celeridad al yacimiento e intentó asegurarlo. Cosa que no fue nada fácil, la policía tuvo que sacar por la fuerza a la gente del lugar. Y Walter y sus colaboradores decidieron instalar un campamento permanente en el lugar, para proteger el hallazgo, ante la segura llegada de nuevos expoliadores, estableciendo turnos de guardia con la policía. Según palabras del propio Walter Alva “en el campamento vivíamos entre una hostilidad permanente, rodeados por profanadores, guerrilla, traficantes y gentes de los pueblos que pensaban que competíamos por el mismo tesoro...”. Muchas veces la policía y los mismos arqueólogos debían ahuyentar a los huáqueros a base de disparos.

Plano general de la Tumba, con el llamado Vigía en la parte superior.
A pesar de las dificultades en febrero de 1987 se inician los trabajos arqueológicos en Sipán, lo primero fue hace una planimetría del yacimiento, para ver su estructura y entenderlo mejor. Consistía en dos grandes huacas erosionadas sobre una gran gran plataforma, que fueron construidas entre el 200 y el 300 d.C. Fue un gran trabajo de limpieza caracterizado por la meticulosidad y la lentitud. En primer lugar, encontraron un gran deposito funerario en la plataforma, lleno de ofrendas en forma de cerámicas exquisitas, dicho deposito hizo pensar a Walter que estaban ante un sepulcro muy relevante.

El Guardián.
Pero el hallazgo que demostró, sin lugar a dudas, que estaban ante un tumba intacta fue el de un esqueleto al que le habían amputado los pies, esto es, el Guardián de la tumba. Un guardián ataviado con armadura de bronce, que no tenía pies para que permaneciese en su puesto de vigilancia para siempre. Al poco tiempo sacaron a la luz otro esqueleto al que también le habían extraído de forma ritual los pies, que se encontraba en posición de sentado con las piernas cruzadas dentro de una especie de hornacina. Es el llamado Vigía, cuya función era controlar y guardar la tumba en el más allá. Y como era de esperar se toparon con el ataúd del gran dignatario mochica, al que denominaron el Señor de Sipán, ya que contaba con un ajuar colmado de riquezas y joyas de oro. El gran señor de Sipán muere con 40 años, hacia el 278 d.C, medía 1,67 metros y ocupaba la cúspide de la estructura social de su comunidad mochica. La hipótesis que se esgrime sobre su muerte es la que fue víctima de una epidemia. Contaba con una carácter cuasi divino, como demuestra su magnífica tumba. Un enterramiento que destaca por su gran tesoro de ornamentos de oro que adornaban y protegían su cuerpo, junto con el gran séquito de personas que le acompaña en la eternidad.

Vista de la tumba, podemos apreciar a la derecha del Señor a la llamada Esposa.
Además del guardián y el vigía, aparecen los cuerpos sacrificados de animales (dos llamas y un perro) y de varias personas: tres mujeres, de entre 15 y 20 años, entre las que hay que destacar a la llamada Esposa, que yace al lado derecho del Señor. Se entiende que es la esposa al llevar una corona cilíndrica de cobre, quizás fue la esposa principal. Ya que también encontramos, en el otro lado, el cuerpo de una Joven con collar de cochas, que sería otra de sus concubinas, a sus pies se hallaron los restos de un niño pequeño y los de otra Joven de tan sólo once años. 

El Jefe Militar.
Y dos hombres de entre 35 y 40 años, el llamado Jefe militar al contar con un escudo de cobre y armas, que también sufre la amputación ritual de unos de sus pies, junto al militar los huesos de una de las llamas. Y el llamado Portaestandarte, junto a su cuerpo se encontró un estandarte circular, además se depositan junto a él los cuerpos de un perro y de la otra llama.

Detalle del Portaestandarte
El Señor de Sipán demuestra su relevancia y rango social no sólo por el cortejo personal con el que fue enterrado sino también por el lujoso ajuar funerario que le acompaña en el más allá. Riquezas y joyas de oro y cobre dorado, junto con cientos de vasijas rituales dispuestas entorno a su féretro. El Señor de Sipan fue enterrado con una vestimenta a base de turquesas, junto con once pectorales de conchas de colores (conchas marinas pago a los dioses en el más allá) y lujosos brazaletes con turquesas. Coronado una preciosa corona áurea, sobre sus ojos se colocaron dos ojos de oro, y tenía protegida la nariz con una nariguera, y el mentón con una máscara, ambas del mismo y valioso metal dorado. Además estaba adornado por un collar de esferas de oro y una gran diadema de oro, junto a él un gran cetro rematado por una pirámide dorada. En su mano derecha encontraron un lingote de oro y en su mano izquierda uno de plata. Un impresionante ajuar/tesoro que atestigua la riqueza y nivel de desarrollo de la cultura mochica. 

Vista del centro de la sepultura con el Señor, su áureo ajuar y su nutrido séquito.
Las excavación de la tumba del Señor de Sipán se completo en marzo de 1988, pero continuaron los trabajos arqueológicos en la zona. En 1989 se descubrieron dos tumbas intactas más: la tumba del Viejo Señor, un gobernante mochica anterior al Señor de Sipan, y la tumba del Sacerdote. Y se han descubierto hasta 13 nuevas tumbas, lo que hizo que Walter Alva promoviera la creación del gran Museo de Tumbas Reales de Sipán, en Lambayeche. Para poder exponer los grandes tesoros de Sipán, además de servir como lugar de divulgación de la compleja y desconocida cultura mochica, que como hemos podían comprobar es cautivadora y seductora. 

Bibliografía: 
C. Mayans. El Tesoro del Señor de Sipán, el esplendor de los mochicas. Historia de National Geographic. Nº 76, 2010. 
W. Alva. Sipán: descubrimiento e investigación. Lambayeque, 2004. 

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