Grandes Iconos Universales XV: El entierro del Conde Orgaz, El Greco, 1587.


Doménikos Theotokópoulos, más conocido como El Greco, nació en 1541 en la Isla de Creta donde se formó, lo que explica los rasgos bizantinos de su pintura. En sus inicios fue uno de los grandes del posbizantino, que mantenía las señas de identidad de la pintura griega ortodoxa. En ese posbizantino, según Venturi, está el origen abstracto de las formas de la pintura del Greco, pensadas pero no tomadas de la observación de formas reales, y marcadas por cromatismos que se generan sin intervención de la luz. Hacia 1560 marcha hacia Venecia, capital de las artes y de la política cretense, donde conoce a los grandes maestros del Cinquecento veneciano. Es discípulo de Tiziano, del que toma un cromatismo más cálido, y queda influido por la amplia gama de colores de Veronés, y de los escorzos de Bassano. Y, fundamentalmente, queda marcado por Tintoretto y sus composiciones manieristas, con contrastes brutales de luces y sombras y el nerviosismo ondulante de su dibujo.

Posible Autorretrato del Greco en su senectud.
En 1570 se traslada a Roma, en un momento de culto a los grandiosos Rafael y , sobre todo, Miguel Ángel, el Greco experimenta una gran decepción ante su arte y se muestra contrario a Miguel Ángel. Pero, no obstante, que muy influido por las formas y la concepción de los temas miguelangelescos. Se le conoce en Italia como Il Greco (El Griego), que luego quedara como El Greco, al viajar a España. Se traslada para trabajar en el Escorial, por un exceso de grandes figuras en Roma o Venecia, vive en Madrid antes de trasladarse a Toledo. Su idea era ganarse el favor de Felipe II y establecerse en la Corte, pero los encargos que realizó para el monarca español, no fueron de su agrado. Por lo que finalmente se establece en Toledo, donde realiza sus obras más personales y evoluciona su estilo, desarrollando su original culto a la anatomía musculosa y alargada, en obras llenas de espiritualidad pura y figuras alargadas de melancólica expresión. Destacan el maravilloso Expolio, y el extraordinario Entierro del Conde Orgaz

Jorge Manuel, hijo del Greco.
El Greco realizó esta obra para la para Iglesia de Santo Tomé de Toledo (donde aún se encuentra) hacia 1587 en honor a Gonzalo Ruiz de Toledo, el conde o señor de la villa de Orgaz, que murió en 1323. El conde Orgaz, alcalde de Toledo y notario mayor del rey don Sancho el Bravo, fue muy generoso con la parroquia de Santo Tomé y con otras instituciones religiosas toledanas, a través de numerosas donaciones. Sus restos fueron enterrados en dicha parroquia, y más de dos cientos años después se decide decorar y presidir la capilla mortuoria del señor de Orgaz con un gran cuadro. Que debía recoger la leyenda local, según la cual, la caridad y bondad del Conde de Orgaz había sido recompensada en el momento de su entierro, apareciendo milagrosamente San Esteban y San Agustín, que introdujeron su cadáver en la tumba. 

La Gloria en un cielo abierto, como establecía el contrato.
En marzo 1586 se firmó un contrato entre el párroco, el mayordomo y El Greco en el que establecía los elementos e iconografía a representar en el cuadro “... se ha de pintar una procesión de cómo el cura y los demás clérigos que estaban haciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo de Ruiz de Toledo, Señor de la villa de Orgaz, y bajaron san Agustín y san Esteban a enterrar el cuerpo de este caballero, el uno teniéndole la cabeza y el otro los pies echándole en la sepultura y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando y encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria...". Estamos ante una obra obra de profunda carga religiosa y teológica, El Greco representa las dos dimensiones de la vida humana, la terrenal o real con la muerte, y en la parte superior el más allá o el cielo. Es una gloriosa y profunda fusión entre el mundo real y sus prolongaciones al más allá, encarnación poética de un suceso humano, alegoría del destino del cristiano y su actitud ante la muerte. 

Parte terrenal, el entierro o la muerte cristiana.
En la parte inferior o terrenal, El Greco representa la escena del Entierro del Conde Orgaz, con unas 30 figuras (todas de pie, de igual altura) que forman un extraordinario y compacto friso, unas figuras que con rostros serenos y marcados por el luto contemplan el milagro. El Greco nos invita a participar del milagro a través de la figura del niño (Jorge Manuel, el hijo del pintor) que señala al Conde Orgaz, personaje central, marcando nuestra mirada y centrando nuestra atención. 

El Conde introducido en su tumba por San Estaban y San Agustín.
El Conde, epicentro de la obra, es representado con una armadura de acero bruñido de excepcional detallismo, en el momento en el que es introducido en la tumba por: San Estaban, a la izquierda, representado con un joven con una casulla dalmática de diácono, en la que el Greco representa el martirio del primer mártir de la Iglesia. Y San Agustin, a la derecha, representado como un venerable anciano ataviado con una rica vestimenta de Obispo, parece ser que el modelo de cara fue el célebre Cardenal Quiroga. Ambas figuras, de una riqueza sublime, son un excepcional contraste con la oscuridad de las vestimentas de los caballeros.

El Ángel asciende al mundo celeste el alma del Conde.
Destacar la figura del cura con roquete, que se sitúa de espaldas, es importante al mirar como el alma inmortal del Conde asciende a los cielos, representada como un suspiro (especie de feto) neblinoso que se introduce en la parte celestial en las manos de un ángel. Ese alma es el nexo de unión entre el mundo terrenal y celestial. 

Masa de cabezas de caballeros y monjes.
Además tenemos la masa de caballeros, con sublimes expresiones personalizadas, algunos contemplan con respeto y asombro el milagro del entierro, otros mirar el ascenso del alma del conde o, incluso, están adormilados y distraídos. Entre ellos se distingue a caballeros de la Orden de Santiago, por la cruz roja en su pecho. Son letrados, juristas, monjes y nobles, que serían grandes hombres de la época en Toledo, entre ellos se distingue con toda seguridad al jurista D. Antonio Covarrubias, con barba canosa.

Parte superior, bóveda celeste o más allá.
En la parte superior o celestial, marcada por un colorido fresco y deslumbrante y una iluminación que contrasta con la oscuridad de la parte inferior, por lo que nos indica que estamos ante la luz y la belleza del mundo celeste. El Greco representa también numerosos personajes, además del ángel que transporta el alma del Conde, tenemos a: Jesucristo, en la parte superior, vestido con una luminosa capa blanca, que irradia luz y desprende majestad, al estar entronizado como Juez supremo de vivos y muertos. A la izquierda esta representado San Pedro con sus llaves, que es exhortado por Jesucristo para abrir las puertas del cielo. Debajo de San Pedro, también a la izquierda, tenemos a la madre de Jesucristo, La Virgen, que acoge de forma maternal el alma del Conde Orgaz.

San Pedro con las llaves y la Virgen con gesto maternal.
Al otro lado, tenemos a San Juan Bautista arrodillado que junto con el grupo de Bienaventurados, que miran con sereno candor y devoción a Jesucrito. Entre los Bienaventurados encontramos a Santo Tomás, San Pablo, y destaca la presencia de Felipe II, el monarca que había despreciado la obra del Greco. Es magnífico como El Greco resume el ideal cristiano de vida eterna, y como nos hace participes del milagro y la esperanza.

San Juan Bautista y los Bienaventurados.
El entierro del Conde Orgaz nos presenta la mejor y más madura versión del Greco, uno de los genios de la pintura (no reconocido hasta principios del siglo XX). Es la sublimación de su constante búsqueda de expresiones místicas, de las formas huesudas, de los paños que flotan, de la sensación de adelgazamiento y de los escorzos imposibles. Abandona el fondo, no existente profundidad en la escena (algo propio del Manierismo) nos da la sensación de que las figuras flotan, como formas etéreas e ingrávidas, para Eugenio D’ors es “el pintor de las formas que vuelan”. Se concentra en los rostros y penetra a través de la expresión triste de los ojos en el fondo del alma. La luz es totalmente irreal y le sirve para separar las dos partes del cuadro, estamos ante el imperio de los colores brillantes y las luces etéreas, que salen de las vestimentas. En definitiva, otro gran icono universal de un genio incomprendido y transgresor, que ha marcado la mirada del hombre, o al menos la mía, desde la primera vez que tuve la suerte de entran en esa capilla de la Iglesia de Santo Tomé de Toledo.

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