viernes, 24 de octubre de 2014

Grandes Iconos Universales XXI: Juramento de los Horacios, Jacques-Louis David, 1784.

El Juramento de los Horacios, Jacques-Louis David, 1784, Museo del Lovre.
En la Francia del siglo XVIII se suceden y superponen tres artes, el hedonista y aristocrático Rococó, el Neoclasicismo burgués, que surge contra los excesos del barroco y del Rococó, y el Romanticismo que nace en contraposición a la austeridad y academicismo Neoclásico. Desde mediados del siglo XVIII el Neoclásico, que se inicia en Italia, como no podía ser de otra manera, al recrear las glorias de la Antigüedad Clásica y la razón, es el arte de una burguesía de la Ilustración, que llevaba el orden y racionalidad como bandera. En pintura se caracteriza por la total preponderancia del dibujo sobre el color, el claroscuro, una luz sencilla y el clásico moldeado y representación anatómica de las figuras, al modo de esculturas clásicas. Composición llena de simetría ortogonal desechando lo superfluo, representando la arquitectura de la Antigüedad, destacar la importancia de los hallazgos arqueológicos de Pompeya o Herculano en 1748. La temática es básicamente histórica, de la cultura clásica griega o romana o de la próxima en llegar Revolución Francesa, siempre con un tono didáctico, moralizante, patriótico y propagandístico.

Jacques-Louis David, autorretrato.
Jacques-Louis David fue el máximo representante del Neoclasicismo pictórico, discípulo del gran pintor del A. Régimen, F. Boucher. Gracias al llamado Premio Roma vivió en la “ciudad eterna” desde el 1774 a 1780, donde se empapó de todo el mundo clásico, y al regresar a Francia rompe con el Rococó imperante y abraza el Neoclasicismo histórico. Sus musas eran las esculturas y mitos griegos y romanos, trataba a sus figuras como esculturas, pintaba a la manera que se esculpe un friso o un bajorrelieve. David fue un activo miembro de la posterior Revolución Francesa, amigo personal de Robespierre, finalmente acabó siendo el pintor de cámara del Nuevo Régimen de Napoleón Bonaparte. Pero eso será después, antes, durante su estancia en Roma, pintó el gran icono neoclásico, paradigma del estilo, el Juramento de los Horacios. El cuadro es un encargo personal del rey Luis XVI, cuyo reinado parecía palidecer en comparación con sus antecesores, y quería un cuadro inspirase patriotismo, lealtad a Francia y a su Monarquía. El Juramento de los Horacios es la consolidación formal del Neoclasicismo y el asentamiento de sus valores estéticos y morales. 

El Juramento entre padre e hijos, con el símbolo de las espadas y unión de manos y miradas.
David inspira su obra, decálogo del Neoclásico, en la temática de la obra de teatro Horace del dramaturgo francés Pierre Corneille de 1640. La obra se desarrolla en los orígenes de Roma, en el momento en que se plantea la pugna entre dos ciudades Roma y Alba. Una contienda se dirime de forma inusual, no con una batalla, tres hermanos de cada ciudad combatirán por el honor de las mismas. Tres campeones por cada ciudad, por Alba los hermanos Curiacios, por Roma los celebres Horacios. En la contienda ambos tridentes (que eran amigos e incluso estaban emparentados) luchan a muerte, Horacio tras la muerte de sus dos hermanos derrota y mata a los tres Curiacios. Horacio se convierte en un héroe patriótico, para quien su patria y honor están por encima de sentimientos personales y parentescos familiares. Fue vanagloriado como gran héroe de Roma, pero su hermana Camilla se reprochó la muerte de su amado, unos de los curiacios, y Horacio la acusa de falta de patriotismo y mata a su hermana. Por ello David elige dicho tema al representar los valores de Estado, de amor y defensa a ultranza (irracional en muchos casos) de su patria. David, como suele ocurrir, plasma un momento concreto de la trama en el que el padre de los Horacios les hace jurar que defenderán con su vida Roma, y como símbolo les entrega las espadas que utilizarán para la defensa y triunfo de su patria.

Líneas rectas oblicuas que convergen en el punto de fuga, pura simetría.
David realizó numerosos estudios y bocetos previos antes de tener su Juramento definitivo, en los que se ve que fue modificando muchos elementos. Para el pintor era fundamental contextualizar el cuadro, vestir a sus personajes a la forma romana, para darle verosimilitud. Gracias a Pompeya y Herculano se empezó a conocer la vida cotidiana de los romanos, como su predilección por el rojo, signo de prosperidad, y que esta muy presente en la ropa de los Horacios. David se inspirada en el arte romano y coloca sus personajes en una típica disposición de friso corrido clásico, todo con un orden y equilibrio sobrenatural. Estamos ante una composición muy teatral en la que todo está medido y colocado con la precisión de los clásicos, y en la que la luz cuasi tenebrista ilumina y resalta sus figuras. En esa precisión ayuda el fondo arquitectónico en el que David sitúa a sus figuras, un pórtico formado por tres arcos de medio punto (el arco puramente clásico) que sirve para distribuir a los personajes y dividir la obra en tres partes simétricas. En el arco central se sitúan las manos, espadas (epicentro de la obra) y el padre, en la izquierda los hermanos y en la derecha los personajes femeninos. 

Punto de fuga.
La racional perspectiva utilizada por David logra el objetivo de focalizar nuestras miradas en el centro de la obra o punto de fuga, las manos del padre con las espadas. Además las figuras masculinas están en oblicuo contrastando con la verticalidad del ajedrezado del suelo o de las columnas del triple pórtico. Todas esas lineas nos llevan como espectadores al punto de fuga central, símbolo del juramento y la lealtad a la patria, las espadas. Incluso la miradas de los hermanos y el padre se sitúan a misma altura, alineadas con el mencionado punto de fuga, formado la línea del horizonte. Las figuras masculinas están creadas a base de rectas tensas en oblicuo que convergen en el centro, mientras que el grupo femenino está formado por líneas más suaves y sinuosas. Como paradigma del clasicismo, David da absoluta preponderancia al primer plano, total predominio al dibujo sobre el color. Un colorido muy tenue con uso de colores sin mucho brillo, sobre unos figuras tratadas a modo de esculturas clásicas. 

Detalle del centro, con el padre y las espadas enmarcado por el arco central.
En el centro tenemos al padre de los Horacios con las espadas en la mano, el pater familias que toma juramento a sus hijos, a los que entrega las armas con las que lucharan por el honor de Roma. Es curioso que a pesar de ser el elemento y acción principal de la obra, está desprovisto de cualquier tipo de emoción, el juramento por la patria debe ser aséptico, eso parece decirnos David. 

Detalle de los Horacios a la izquierda, enérgicos y deseos de luchar por su patria.
A la izquierda, se no presenta el grupo de los tres hermanos Horacios, con Horacio el vencedor y hermano mayor en primer plano, llenos de amor por Roma y de deseo de entregar su vida, miran fijamente a las espadas que sostiene su padre. Unas miradas que derrochan patriotismo y unos músculos que se muestran tensos antes de la contienda. 

Detalle del grupo femenino, alicaídas y melancólicas. 
A la derecha, tenemos el grupo femenino, con la madre de Horacio protegiendo a los hijos del mismo bajo su manto y brazos, y con Sabina, mujer de Horacio, y célebre Camila que aparecen desconsoladas y desesperadas, algo que se representa con su suave apoyo de cabezas, como expresando un consuelo mutuo. Sus vestimentas, estolas y togas blancas romanas, son prueba de los estudios previos y conocimientos arqueológicos de David. 

Línea del Horizonte y punto de fuga, todas nuestras miradas son atraídas hacia este punto.
En definitiva, David resume un estilo pictórico en un óleo, además de satisfacer las directrices del rey Luís XVI de servir como acicate y muestra del patriotismo y amor por Francia y por su Monarquía. Se podría hablar de uso público del arte, como materia propagandística, pero a también puedes quedarte sólo con la belleza clásica y pulcritud simétrica de una obra que fue éxito desde su mismo nacimiento. Y como tantas otras alcanza la categoría de icono universal, que marca y orienta la mirada del Hombre desde que fue pintado.

viernes, 17 de octubre de 2014

Joyas del Gótico I: La Catedral de León.

Fachada de la Catedral.
Desde mediados del siglo XII se produce un florecimiento cultural europeo marcado por una evolución del pensamiento con el despertar del humanismo. Surge una nueva estructura social más artesanal/burguesa y un progresivo aumento del poder de las Monarquías, todo esto va a influir en el desarrollo de un nuevo arte, el Gótico. Un gótico que es artesanal y burgués, frente al feudal y monástico románico, y cuya mayor representación son las grandes catedrales urbanas, cenit arquitectónico inigualable en verticalidad, luminosidad y naturalismo (la técnica de arbotantes y contrafuertes está basada en las nervaduras ligeras y resistentes de las plantas). El gótico nace en Francia, aunque Vasari en el siglo XVI lo denominó gótico al creerlo de origen germánico, y se extiende por Alemania, Italia, Inglaterra y España. El desarrollo del gótico en España está muy ligado a la influencia del Camino de Santiago, y, obviamente, tiene muchas concomitancias con el francés. Destacando la Catedral de León como mejor y más perfecto paradigma del gótico clásico de influencia francesa del siglo XIII, coetáneo de Amiens o Reims.

Vista nocturna de la catedral, con su triple pórtico ojival.
La catedral de León destaca por ser la más pura de las catedrales góticas españolas, con una relevante unidad estilística totalmente inusual en la península, y por ser cenit de la iluminación con un extraordinario conjunto de vidrieras. El templo inicial se construye en tiempos de Ordoño II que cedió el solar de su palacio, luego en época de Alfonso VI y por iniciativa de la infanta Urraca de Zamora se construye una Catedral románica, que sería lógico pensar que seguiría las pautas románicas de la basílica de San Isidoro de León. La catedral gótica, sobre la anterior románica, se inicia a mediados del siglo XIII gracias al interés de Alfonso X "el sabio", ya rey de Castilla y León, con la idea de hacer una catedral eternamente gótica, siendo elegido para tal empresa el célebre Maestro Enrique (que también trabajo en la catedral de Burgos y es posible que fuera originario de Francia). Siendo sustituido tras su fallecimiento en 1277 por Juan Pérez, pero el plan siguió intacto crear un catedral puramente gótica inspirada en las catedrales de Champaña francesa, intentando superar su empuje ascensional y su esplendor lumínico. 

Rosetón y vidrieras del triforio.
Los muros quedan reducidos a la mínima expresión, todo es color, luz y vidrieras para conectar con hombre con la espiritualidad divina. La ligereza del muro se combinó con unos serios problemas constructivos en los cimientos desde el inicio de su construcción, al estar asentando sobre unas termas romanas y otras construcciones anteriores. Además la piedra caliza empleada no era de la máxima calidad, en ello reside también la grandeza de su inverosímil ligereza, muchos pensaron que no llegaría a terminarse ni a mantenerse nunca. Esos problemas constructivos explican la célebre leyenda del topo, que por la noche destrozaba lo construido por el día, y que acabo siendo matado por los leoneses y su piel colgada en la catedral, el topo sería una metáfora del déficit de cimentación y piedra. 

Vista exterior del ábside, con los livianos arbotantes naturalistas.
León es el paradigma del gótico clásico de raíz francesa, con la altura y esbeltez de sus torres rematadas por pináculos, sus arcos ojivales y magníficas bóvedas de crucería, cuyos empujes son soportados por los contrafuertes y livianos arbotantes exteriores. La verticalidad y luz celestial de las vidrieras, frente a recogimiento e intimísimo románico. Cuenta con una fachada estructurada en  tres arcos apuntados abocinados decorados con arquivoltas, jambas y magníficos relieves, rematada con un gran rosetón central que ilumina la nave central. La planta es basílical con tres naves hasta el transepto, nave transversal que corta la nave principal horizontalmente, y desde el transepto a la cabecera y altar se desarrolla en cinco naves. Es decir, cuenta con una gran cabecera, para acoger a más fieles, lo que se denomina macrocefalia, por la influencia del Camino de Santiago. Toda la planta y naves están cubiertas por bóveda de crucería cuatripartita. 

Puerta principal, cenit de la escultura gótica española.
La nave central tiene 90 metros de largo y 30 de altura y se une a las naves laterales, de unos 15 metros de altura, a través de la girola o deambulatorio, que permite el paso de los peregrinos por las diferentes capillas hexagonales que jalonan dicha girola, destacando la capilla de la Virgen Blanca. Del exterior destaca el visible y sublime sistema de arbotantes, centrado principalmente en el ábside, donde los arbotantes alcanzan mayor altura y esbeltez. Esos arbotantes desvían los empujes de la bóveda y permiten aligerar el muro con miles de vidrieras policromas, de las luego hablaremos. 

Tímpano de Juicio Final, Cristo juez en el centro.
La fachada occidental, es la puerta principal de la catedral, cuenta con un triple pórtico de vanos ojivales, rematado por el rosetón y flanqueado por dos gloriosas torres que se elevan hasta los 65 y 68 metros de altura. La fachada constituye el cenit de la escultura gótica española de raigambre francesa en el siglo XIII, el gran conjunto escultórico se extiende por jambas, arquivoltas, tímpanos y parteluces de las fachadas. Las figuras se nos presentan con un gran humanismo y naturalismo, frente a la frialdad e hieratismo del románico, con expresiones individualizadas en los rostros, detallismo en los ropajes e incluso un logrado movimiento. En el tímpano de la portada central se desarrolla el tema del Juicio Final, en la destaca la figura de Cristo juez que nos muestra sus estigmas. Bajo ese timpano y arquivoltas tenemos la figura del parteluz, la más destaca de la catedral, la llamada Virgen Blanca, humana y sonriente, cuyo original reposa en una capilla interior, para preservarla. Las portadas laterales están dedicadas: a San Juan Bautista, a la izquierda, mostrando en el timpano la Natividad, y a San Francisco la de la derecha.

La célebre Virgen Blanca del parteluz.
Cuenta con otras dos fachadas: la sur, que sufrió gran parte de los problemas constructivos (en la actualidad aún en obras) destaca por su vano ojival central, la célebre Puerta del Sarmental. Con un excelente tímpano que representa a Cristo majestad o Pantocrator, rodeado por los símbolos de los evangelistas o tretamorfos. En el parteluz la destaca figura de San Froilán, patrón de León. Y la fachada norte, cuya visibilidad se ve lastrada por la presencia del claustro (que fue construido a inicios del siglo XIV bajo cánones cistercienses) destaca por su portada central policromada de la Virgen del Dado, que reposa en su parteluz. 

Fachada sur (aún en obras) con el mismo sistema tripartito y la Puerta del Sarmental en el centro.
Del interior además de la girola, y el triforio gótico en el segundo piso, hay que destacar el primer lugar el altar mayor en el ábside hacia donde se dirigen inexorablemente nuestros pasos y miradas. Ocupado por un precioso retablo gótico, formado por cinco tablas del original (pérdido) de Nicolas Francés, que narra la vida de San Froilan. Sobre él nos encontramos con uno de los puntos más sublimes y bellos que jamás haya contemplado, los sublimes ventanales de vidrieras que tamizan una luz celestial. Detrás del altar mayor, y frente a la capilla de la Virgen Blanca, hay que destacar el famoso y magnifico Sepulcro del Rey Ordoño II de León. 

Altar y retablo góticos.
En el centro, detrás de esa sublime vista, encontramos con un magnífico Coro, con una sillería gótica del siglo XV, hecha en nogal, que es de una belleza y riqueza de detalles sobrenatural. Tras el coro encontramos el único elemento no gótico de la catedral, el altar plateresco del famoso Juan de Badajoz el Mozo

Sublime vista del ábside desde el coro.
Pero si algo llama, soberanamente, la atención cuando uno se encuentra en el interior es la luz polícroma que penetra de forma mística por todos lados, tamizada por las extraordinarias vidrieras. Uno se encuentra tan impresionando que no puede dejar de mirar hacia arriba y a su alrededor para contemplar el conjunto de vidrieras creado entre los siglos XIII y XVI, que sólo es comparable en belleza o grandeza con Chartres o Saint Chapelle. León cuenta con 134 vanos y 4 enormes rosetones, que hacen un total de 1.764 metros cubiertos con vidrieras. Su iconografía es de una sencillez y belleza sobrehumana, recoge el ideal tripartito de la estructura social medieval.

Mundo vegetal y agrícola.
En los vanos inferiores de la naves laterales se representa la naturaleza, la tierra y la vegetación, con sublimes y coloridas representaciones vegetales y trabajos agrícolas. En los vanos del medio, en el llamado triforio, se representan escudos de la nobleza y los eclesiásticos. Y en los vanos más altos y en el glorioso ábside se reprenda el mundo divino, la bóveda celestial, con escenas bíblicas de una belleza que no tiene parangón. Tu mirada queda extasiada ante la belleza de la luz que se filtra, entiendo, absolutamente, que los hombres del medievo la equiparan a la luz divina.

Mundo noble y eclesiástico.
La catedral de León es excepcional por ser puramente gótica, por sus sobrenaturales vidrieras, pero también por sus constantes reformas ante los problemas constructivos de cimentación y la fragilidad del edificio y su piedra.  Además se unieron desastres como colocar una gran cúpula barroca en el siglo XVII, que  rompía radicalmente  la estética de la catedral y también descuadraba el sistema de empujes y contrarrestos góticos. Algo que no fue solucionado por los cuarto pináculos que Joaquin de Churrigera añadió entorno a la gigantesca e inapropiada cúpula. Ambas reformas son desatrosas para el edificio, que esta totalmente debilitado, en grave peligro de colapso. Un peligro que se agravó con el famoso terremoto de Lisboa de 1775, dejando al edificio tocado de muerte. 

Vista de la imponente luz policroma y mistica del abside, el mundo divino.
Sin embargo, en el siglo XIX se va a hacer cargo de la dramática situación el gran Juan de Madrazo, experto en el gótico y gran restuador. Que se propuso devolver el esplendor y pureza gótica a la catedral eliminando todos y cada uno los absurdos añadidos barrocos y dotando de estabilidad al edificio. Eliminó la desmesurada cúpula, modificó bóvedas, reconstruyo el crucero y la fachada sur. Para tal empresa ideó un complejo sistema andamios y cimbres que sostenían las bóvedas altas mientras se recuperaba el goticismo del catedral. El momento cumbre de la restauración se produce en 1878, todo el pueblo de León tenía el corazón en un puño, se iba a retirar todo el sistema de andamiaje de la catedral. Se cuenta que todo fue un gran crujido y estruendo, antesala de la reestructuración del edificio. Todo encajó a la perfección los sistemas naturalistas de arbotantes góticos se habían repuesto, la catedral se había salvado. Gracias a la audacia de Madrazo podemos disfrutar de la actual catedral de León, puro y pulcro goticismo, una visión incomparable que merece la pena contemplar, al menos, una vez en la vida. Personalmente, es lo más bello que he visto, de momento.

Bibliografía:
L. A. Grau Lobo. La Catedral de León. Everest, 1998. 
G. Duby. La Europa de las Catedrales. Skira, Barcelona. 1966 
A. Mayer. El estilo gótico en España. Madrid, 1965. 

Fotografías: 
Pedro González Miguel.