miércoles, 21 de diciembre de 2011

Grandes Hallazgos Arqueológicos III: Petra, la bella capital de los nabateos.

Final del Siq y la primera e impresionante vista del Khazneh al-Faroun.

El relato de este gran hallazgo comienza a inicios del siglo XIX, nuestro protagonista, el joven explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt fue requerido por la African Associaton, una organización británica, fundada en Londres en junio de 1778, y que estaba dedicada a la exploración de África Occidental, para realizar una expedición de exploración de zonas aún desconocidas del occidente del continente africano. Burckhardt era consciente de que los exploradores no eran bien recibidos en lo que era, en esos momentos, el gran Imperio Otomano, antes Próximo Oriente, por lo que decidió estudiar a fondo la cultura musulmana y la lengua árabe. Una preparación que facilitará su expedición, estudia árabe en Cambridge y durante años viajó sólo por los territorios próximo-orientales haciéndose pasar por árabe y viviendo como un beduino del desierto. Cuando se sitió totalmente mimetizado con el entorno musulmán, incluso tomó el nombre de Ibrahim Ibn Abdalla, marchó a Egipto para comenzar su mencionada expedición. Una exploración que pronto le lleva a Jordania, donde conoce la historia de una extraña y antigua urbe oculta entre abruptas montañas y desfiladeros. El lugar estaba en una zona controlada por tribus beduinas muy hostiles, por lo que Burckhardt ideó un astuto plan para poder explorar la zona. Se hizo pasar por un creyente que quería honrar, con un sacrificio animal, al profeta Aaron, el hermano de Moises, cuya tumba estaba en las cercanías del lugar a explorar. Burckhardt consigue de esta manera que su presencia no sea mal vista por las tribus, para las que nuestro audaz explorador era un tal Ibrahim Ibn Abdalla, que junto con la ayuda de un guía beduino se puso a la tarea de localizar Petra. 

Johann Ludwig Burckhardt

El descubrimiento no se hizo esperar, pronto tras recorrer un estrecho desfiladero, llamado del Siq, cuyas paredes se alzaban imponentes con sus más de cien metros, llegaron al lugar donde ese desfiladero se abría de forma repentina y ante ellos descubrieron una gran fachada monumental esculpida en la roca viva. Estaban ante el gran tesoro de Petra, el llamado por las tribus de la zona Khazneh al-Faroun, y Burckhardt quedó absolutamente maravillado ante tal magna construcción, la cuál recorrió con detenimiento, todos recordamos esa célebre escena de Indiana Jones. Para los lugareños el templo fue construido a una especie de mago, al que llamaban faraón. Tras salir del gran templo Burckhardt continuó la exploración y fue descubriendo grandes tumbas de piedra intactas, columnas, pavimentos de las calles e incluso un gran teatro también excavado en la roca.

Vista área del Tesoro del Faraón.

Estaba ante una gran cuidad abandonada, nuestro sagaz amigo estaba muy emocionado, pero sabía que tenía que disimular y continuar hasta la montaña de Aaron y realizar el falso sacrificio, ya que de lo contrario el beduino que el acompañaba se hubiera dado cuenta de que era un infiel caza-tesoros y le habría dado muerte. Una vez hizo el sacrificio y regreso a lugar seguro, el 22 de agosto de 1812, Burckhardt interpretó con acierto que las ruinas que había explorado eran las de la antigua cuidad de Petra, y así lo consigno en su diario. Pronto la noticia de tal magno hallazgo llegó a Europa y fueron muchos los valientes románticos que deciden marchar a conocerla, sin preocuparles los peligros que podían correr, guiados por la fascinación que el desconocido mundo oriental generaba en los europeos. Muchos otros exploraron Petra, como David Roberts, y nos dejaron sus ilustraciones, mapas y diarios que permiten conocer como estaba Petra en el momento de su descubrimiento. 

Ilustración de Monasterio de Petra, David Roberts.

Ya que no es hasta la caída del imperio Otomano, a inicios de siglo XX, cuando Petra empieza a ser estudiada y excava sistemáticamente, confirmándose que estábamos ante la antigua y pétrea urbe de los desconocidos nabateos. Los orígenes de Petra se sitúan hacia el final de siglo VII a. C. cuando fue fundada, como poblado, por el pueblo semita de los edomitas. Dicho poblado fue destruido por el fuego en el mismo siglo VII a. C. Y permanece abandonado hasta que el siglo IV a. C., cuando los nabateos, procedentes del sur de la península arábica, ocupan la región de Petra. La hipótesis más plausible es que fueran tribus nómadas árabes que por motivos desconocidos llegaron y se instalaron en Petra. Bueno, los nabateos la llamaban Reqem, así lo dice Flavio Josefo en sus Antigüedades, y dicho nombre queda confirmado por las inscripciones nabateas encontradas. El nombre de Petra fue dado por los griegos (πέτρα = piedra) por sus impresionantes tumbas y templos de piedra. Una de las primeras referencias históricas sobre la Petra nabatea nos llega, según Carmen Blánquez Pérez, a través del historiador griego Diodoro de Sicilia en su obra Biblioteca Histórica del siglo I a. C., que recoge un testimonio de otro historiador muy anterior, Jerónimo de Cardia, del siglo IV a. C. que habría sido testigo que del fracasado ataque griego contra los nabateos de un tal Antígono Monoftalmos en el 312 a. C. Lo que parece confirmar que desde el IV a. C. Petra está ocupada por los nabateos que la hicieron prosperar gracias a su situación central en la rutas caravaneras de la península arábiga. Los nabateos eran en principio nómadas ganaderos, que comerciaban, según Diodoro, con betún, incienso y mirra, además contaban con la protección que les otorgaba el desierto, por la escasez de agua. Parece ser que los nabateos conseguían el agua de la lluvia a través de cisternas excavadas en la roca recubiertas de estuco, que señalizaban de forma que sólo ellos pudieran localizar.

Mapa de las rutas caravaneras del Próximo Oriente y Arabia.

Otra fuente clásica fiable a la hora de analizar Petra, es el gran geógrafo griego Estrabón, del siglo I d. C. ya que menciona a los nabateos en su magna obra Geografía, en la que nos ofrece una descripción muy distinta, también posterior, a la hecha por Diodoro. Para Estrabón los nabateos no eran nómadas, más bien están totalmente sedentarizados, vivían en una gran ciudad de casas de piedra, y sus gobernantes eran reyes. Además no sólo eran ganaderos sino que también vivían de la agricultura, aunque nos viene a confirmar que la riqueza nabatea residía, en gran medida, en el comercio y en su posición de privilegio y paso de rutas orientales. Estaríamos hablando del surgimiento del urbanismo y la agricultura sedentarizada por ser un centro comercial destacado, esa pujanza comercial sería la generadora de la riqueza que le permitió a los nabateos construir sus grandes templos y tumbas en la roca. Y además, según Estrabón, no les era necesario construir murallas ya que estaban defendidos por las montañas y los abruptos desfiladeros que les rodeaban. La descripción de Estrabón no está muy alejada de la realidad, ya que parece confirmado que la riqueza de Petra reside el comercio, pero gracias a que sus habitantes agudizaron su ingenio para exprimir sus escasos recursos, sobre todo el agua. Y es que Petra a pesar de estar rodeada de desierto logró agua en abundancia, lo que le permitió desarrollarse con ese gran centro caravanero. Los nabateos eran maestros de la hidráulica, como ya mencionó Diodoro, desarrollaron un sistema de canales excavados en la piedra que conducían el agua de la lluvia hasta grandes cisternas. El sistema estaba muy cuidado y perfeccionado ya que filtraban el agua a través de sucesivos tramos y tapaban todo con losas para evitar la pérdida por evaporación. Además también aprovechaban el recurso hídrico subterráneo de manantiales cuya agua canalizaban para llevarla a toda Petra mediante acueductos y tuberías de cerámica hasta fuentes públicas. Ese control sobre el agua en pleno desierto convierte a Petra en un enclave privilegiado, junto con la protección natural que le confería en terreno, de manera que, se tornó en un punto de encuentro de caravanas, que encontraban en Petra seguridad y provisiones. Los nabateos cobraban impuestos a las caravanas para garantizar su seguridad y permitirles atravesar su territorio, además la arqueología parece confirmar que comerciaban con el betún del Mar Muerto y con otras especias como la mirra, la canela o la pimienta.

Plano esquemático de Petra.

De manera que, Petra es una de las ciudades caravaneras más importantes de Oriente en el siglo I a. C., además de la gran capital de un reino nabateo considerable, que se extendía por el noroeste de la península arábica hasta el sur del Mar Muerto en Jordania. Un reino que incluso se expansionó en ese siglo I a. C., parece confirmado que el 87 a. C., bajo el mandato del rey Aretas III, el reino nabateo se extiende hasta Damasco. Sin embargo, poco se mantuvo esa expansión ante el poder romano, que con Pompeyo a la cabeza, acaba con los reinos de la zona, judío y seléucida incluyéndolos en la nueva provincia de Siria. Petra, atacada por el legado Escauro, resiste las sucesivas acometidas romanas y se mantiene autónoma hasta, nada menos, que el 106 d. C. Año en el que asistimos al fin del reino nabateo, ya que tras la muerte de su último rey Rabel II, Trajano anexiona Petra al imperio romano, pasando a denominarse la provincia de Arabía Pétrea, con capital en Bosra, en la actual Siria. Desde entonces en Petra van a dejar su importa muchas culturas, primero los romanos hasta inicios siglo IV d. C., siglo en el que con Diocleciano hay una nueva reorganización administrativa en la que Petra se convierte en capital de una nueva provincia Palestina Tertia. Poco después va a penetrar el cristianismo en Petra, en el 330 d. C. el emperador Constantino I creó el Imperio Romano de oriente, con su capital en Constantinopla, y Petra pasó a ser parte de dicho Imperio Bizantino. Muchas de sus famosas tumbas rupestres y monumentos se convierten ahora en iglesias, como el ed-Dier reconvertido en monasterio. Petra es bizantina hasta el 636, año de la famosa batalla de Yarmuk, que significa la conquista musulmana de la zona, Petra pasa a denominarse Valle de Moises o Wadi Musa, y ya es una población de mucha menos enjundia hasta el siglo XII. Momento el que, tras la victoria de Saladino contra los cruzados, Petra queda abandonada, y en la Edad Media ya sólo quedan sus suntuosas ruinas, esperando a ser descubiertas por Burckhardt.

La impresionante fachada del Tesoro de Petra.

Unas ruinas que atestiguan que el reino nabateo y su capital Petra se mantuvieron desde el siglo IV a. C. hasta el siglo I d. C, como gran centro comercial marcado por las constantes influencias externas, primero griegas y luego romanas, algo que podemos apreciar en su inusitada arquitectura. Y alcanzó su esplendor en el siglo I a. C., con el mencionado Aretas III, época de la data el inicio de sus grandes y rocosas construcciones. Como el Tesoro del faraón o Khazneh al-Faroun que clara influencia helenística, al que llegamos tras recorrer el angosto desfiladero del Siq, que en zonas sólo tiene dos metros de ancho. Tras ese desfiladero, de improviso, nos encontramos con su imponente fachada en dos niveles y 40 metros de altura totalmente excavada, más bien esculpida, en la roca. Cuenta con un extraordinario frontón y columnas de estilo helenístico, además de relieves que parecen representar a los Dioscuros, Castor y Polux, lógicamente los arquitectos eran de origen heleno. Tras la gran entrada monumental nos encontramos una sala de 12 metros cuadrados, con una especie de hueco u altar central para los sacrificios a los dioses nabateos. Mencionar también el Qas al-Bint, o principal santuario de Petra, también del siglo I a. C., y que está dedicado al dios principal del panteón nabateo, Dushara o señor de las montañas. Es sorprendente ya que estamos ante la única construcción nabatea totalmente exenta, esto es, no excavada en la roca, y cuenta con muros de más de 20 metros de altura.

Qas al-Bint.

El Ed-Deir y su gloriosa fachada.

Sin embargo, el más grande de los templos de Petra es el llamado o Ed-Deir "Monasterio", totalmente esculpido en roca viva, cuenta con una esplendorosa fachada de 45 metros de alto y 50 de ancho coronada por una gran urna también rupestre. Con columnas adosadas al modo helenístico, gracias al hallazgo de una inscripción en su interior parece que estaba dedicado, como templo funerario, al rey nabateo Obodas.

Las célebres Tumbas Reales.

Muy destacables son las llamadas tumbas reales talladas al pie de la montaña, o Jebel-al-Khubta, de extraordinarias proporciones y fastuosa decoración, aún hoy se desconoce su verdadera función, no sabemos bien si estamos ante sepulcros o monumentos votivos rupestres. Son más de 600 las excavadas en la roca, pero se están descubriendo otras más sencillas e incluso no rupestres, una hipótesis bastante plausible sería que las grandes tumbas rupestres fueran de la élite local, esos ricos comerciantes y sacerdotes, y las sencillas fueran las del resto del pueblo nabateo, sólo la arqueología podrá asegurarlo.



El teatro de Petra.

La vía columnada o Decumano romano.

Otra construcción relevante es el gran teatro de Petra, iniciado por nabateos en el siglo I a. C. y ampliado en época romana, esa ampliación es la que conservamos en la actualidad, con capacidad para 8.000 espectadores. También de época romana es la vía columnada, o Decumanus principal de Petra, creada por Trajano, recorriendo esa vía se llega al Templo de los Leones Alados, probablemente dedicado a Al Uzza, la diosa de la fertilidad nabatea, y denominado así por los leones que decoran sus capiteles.

Templo de los Leones Alados.

En definitiva, una extraordinaria urbe y una maravilla de la antigüedad, que como no podía ser de otra manera, desde el año 2007 forma parte de las 7 maravillas del mundo moderno. Por su magnificencia y sus espectaculares templos, tumbas y casas pétreas que los nabateos construyeron. Otro ejemplo del nivel de desarrollo nabateo, junto con la arquitectura, es que contaban con su propio sistema de escritura. Una escritura que conocemos gracias a miles inscripciones funerarias, pero es muy lógico que Petra contará con un archivo para consignar las transacciones comerciales de este importante centro caravanero, pero nada de ello se ha encontrado aún. Según la propia Blánquez Pérezel ochenta por ciento de Petra aún permanece oculto bajo la arena”, y sólo la arqueología podrá desvelar todos los secretos de este fascinante reino, del que sólo conocemos su superficie en forma de sus extraordinarias construcciones rupestres.

Bibliografía: 
C. Blánquez Pérez. Petra, la ciudad de los nabateos. Madrid, 2001. 
Historia National Geographic. Petra, la gran capital de los nabateos. Nº 62. 
Documental: 
Antiguas civilizaciones: Petra y el Reino de los Nabateos. National Geographic, 2010.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Grandes Mitos de la Antigüedad I: Helena de Troya.

El amor de Helena y Paris, Jacques Louis David.

Helena de Troya es uno de los personajes mitológicos más relevantes y que más literatura ha generado de la Antigüedad, por su inusitada belleza los griegos se lanzan a la célebre Guerra de Troya. Su desgraciado protagonismo en dicha guerra, por su culpa fue destruida la mítica Troya, la convierte no sólo en la más bella mortal de la mitología griega, sino que además su halo seductor y encanto proverbial hacen de ella un personaje fascinante, que se erige como protagonista de distintas creaciones literarias a lo largo de la historia, desde los poemas homéricos, hasta distintas odas y tragedias. Es el propio Homero en su Ilíada el que señala como origen de la Guerra de Troya el rapto de Helena, en el canto III de la Ilíada podemos leer “... no es extraño que troyanos y aqueos de hermosas grebas / por una mujer así anden largo tiempo sufriendo dolores / ¡tremendamente se asemeja en su aspecto a las diosas inmortales!...”. Una extraordinaria belleza que tiene que ver con su no menos extraordinario nacimiento. 

Leda y el Cisne, Rubens

El responsable es el humano y mundano dios Zeus en una de sus múltiples metamorfosis, que utilizaba para yacer con las más bellas mujeres de Grecia. Si para raptar a Europa se disfrazó de toro, para unirse a Leda, la bella esposa del rey espartano Tíndaro, se trasforma en un cisne. Tras esa metamorfosis Leda puso dos huevos: de uno nacieron Helena y Pólux, ambos inmortales, y del otro Clitemnestra y Cástor, mortales. De manera que, Helena y Polux son hijos de Zeus, y Clitemestra, luego esposa del célebre Agamenón de Micenas, y Castor eran hijos de Tíndaro. Según otra vertiente del mito Helena sería hija de la diosa Némesis, diosa griega de la venganza y la fortuna, que también yació con Zeus en forma de cisne, y fue Némesis la que fabricó el huevo, que Leda encontró en su jardín y adoptó como Helena. Sea como fuere su belleza superaba a la de todos los mortales y pronto su fama se extendió por toda Grecia. Los grandes reyes de su tiempo acudían a Esparta para pedir la mano de Helena a Tíndaro, de manera que, el palacio espartano se lleno de pretendientes. Que tuvieron que realizar un juramento de lealtad a Tíndaro, ideado por el célebre Odiseo, por el que deberían aceptar de buen grado al pretendiente elegido. Y éste no fue otro que Menelao, hermano del poderoso Agamenón, que en virtud de dicho matrimonio se convierte en rey de Esparta. 

El Juicio de Paris, Rubens

Del matrimonio, incluso, nace una hija, Hermíone, pero un personaje clave va a entrar en escena, el bello Paris, príncipe de Troya e hijo de Príamo. Al que la diosa Afrodita le había prometido el amor de Helena, la más bella de las mujeres, como premio por haber decidido a su favor en el concurso de belleza, o Juicio de Paris, que la había enfrentado a Hera y Atenea, por ver cuál era la más bella de las diosas. El príncipe troyano llega a Esparta, donde fue recibido hospitalariamente por Menelao y Helena. Sin embargo, aprovechando que Menelao se ausentó de la corte para viajar a Creta y asistir al funeral por la muerte de su abuelo materno, Catreo, Paris seduce a Helena. Una Helena que ya había sido raptada una vez anterior, según la tradición clásica, por el héroe ateniense Teseo en compañía de su amigo Pirítoo. Ahora, quizás no es técnicamente un rapto, ya que pronto Helena queda prendada de Paris, que partió raudo con Helena y como un gran botín hacia Troya. Homero en la Ilíada nos muestra a una Helena avergonzada por abandonar su hogar y dejarse seducir por el príncipe Paris, pero queda bastante claro que lo hizo por su propia iniciativa. De forma que, estaríamos hablando de una fuga, más que de un rapto, no obstante, lo que está claro es que ese “rapto” provocó una de las guerras más míticas de la Antigüedad. En la Ilíada Homero, a través de Príamo, disculpaba o restaba responsabilidad a Helena diciendo “... para mi tu no eres la culpable de nada; los responsables son los dioses / que me trajeron esta guerra, fuente de lagrimas, contra los aqueos...”. Según Homero los dioses intervinieron constantemente en la batalla, por un lado, Hera y Atenea en ayuda de los griegos, y por otro Afrodita y Apolo como aliados de los troyanos.

El rapto de Helena, Giordano.

Lógicamente, la marcha de Helena provoca la ira de Menelao, que pidió ayuda y consejo a su hermano Agamenón, lo que provocó la marcha de una gran flota griega para recuperar a Helena y restaurar el honor del rey de Esparta. Al frente de este gran contingente aqueo iban, según Homero, los grandes reyes y héroes de la Griega arcaica: Agamenón, Odiseo, Atridas, Nestor, el gran Aquiles o Diomedes. Grandes nombres para enfrentarse a Príamo y sus hijos, sólo por la infidelidad de una mujer, en una guerra que duró diez años. Antes del inicio de esa gran guerra, Menelao y Odiseo fueron como embajadores a Troya para reclamar a Helena y el botín que se habían llevado con ella, pero los troyanos se negaron a devolverla, y no fueron asesinados gracias al consejero troyano Antenor que convenció a Primao para que los dejara marchar. La guerra fue larga y cruenta, muchos grandes hombres murieron, como el noble Hector, hijo de Príamo, o el mítico Aquiles, pero esa guerra es motivo de otro pasaje de la Historia y no me extenderé hablando de ella. El final de la guerra es bien conocido por todos, es casi un icono de la Humanidad, la argucia de Odiseo (Ulises), el que recomendó a Tíndaro que casará a Helena con Menelao, que ideó ese famoso caballo de madera, gracias al cual los aqueos penetran en Troya y saquean la ciudad. Los griegos queman y arrasan Troya, matando a todos los hombres y esclavizando a sus mujeres. Según la tradición tras quemar Troya, Menelao encuentra a Helena y su primer impulso es matarla pero, de nuevo, queda indefenso ante sus bellos encantos, por lo que la perdona y regresan a Esparta reconciliados. La fortuna de muchos de los participantes en la guerra fue mucho más terrible y azarosa, como la de Agamenón que es asesinado a su regreso a Micenas por su esposa Clitemnestra, o el famoso viaje de regreso de Odiseo tan magníficamente relatado por Homero en su Odisea.

Murallas de Troya.

No obstante, hay otra versión sobre el regreso de Helena, según la cual los troyanos aseguraron a Odiseo y Menelao, antes de la guerra, que no tenían en su poder a Helena ni sus tesoros y que todo ello estaba en Egipto con su rey Proteo. En línea con este hecho, dicho mito es recogido por el poeta Estesícoro, que, según la leyenda, quedó ciego al cantar el adulterio de Helena, por lo que acabo escribiendo una segunda Oda, para reclamar el perdón de Helena, en el que cuenta esa nueva versión. Que luego es utilizada por Euripides en su tragedia Helena, que señala que Helena no estuvo en Troya y que los griegos lucharon por rescatar un doble falso fabricado por Hermes, bajo mandato de Hera. Algo más plausible es que Helena pasara los años de la guerra de Troya en Egipto, Heródoto parece confirmar esta versión, argumentando que si Helena hubiera estado en Troya habría sido devuelta a los griegos porque ni Príamo ni el resto de troyanos habrían aceptado correr el riesgo de la guerra solo para complacer a Paris. Del supuesto doble de Helena nada más se supo, y Menelao al no encontrar a Helena en Troya, viajó a Egipto, en su viaje de regreso a Esparta, donde, en efecto, encontró a la verdadera Helena.


Menelao sostiene a un Patroclo moribundo, Plaza de Signoria (Florencia)

Una versión que contradice el mito homérico, para Homero la Helena de la Ilíada es clave en la Guerra de Troya y está muy presente en el asedio a Troya, donde vive melancólica y exiliada. Más aún cuando el cobarde Paris huye de su célebre enfrentamiento con Menelao, ella desprecia la cobardía de su amante y se reprocha a si misma por la situación que ambos habían generado, diciendo en el canto VII de la Ilíada “... a nosotros Zeus nos ha dado un funesto destino, para que a los venideros les sirvamos de tema en sus cantos...”. Mientras que la Helena de la Odisea es una noble y refinada reina, que intenta mantener su pasado alejado de su mente, pero no lo consigue. En la propia Odisea Homero nos cuenta como, años después de la Guerra de Troya, Helena y Melenao reciben en su palacio de Esparta la visita de Telémaco, hijo de Odiseo. Un Telémaco que disfruta de la hospitalidad de Helena, y consigue reavivar el recuerdo de la guerra de Troya, ya que logra que le cuenten muchas de las peripecias de su padre en Troya. Además, hay que mencionar la célebre Defensa de Helena del sofista Gorgias de Leontinos, que en el siglo V a. C. viene a defender la inocencia de Helena, justificándola diciendo que Helena se vio imponente y nada pudo hacer ante el poder de los Dioses y los filtros amorosos utilizados por París que turbaron su razón. 

Helena y Paris en una cratera de figuras rojas, siglo IV a. C.

Y por una vida tan azarosa los dioses tenían reservado a Helena un gran final, según el mito clásico, Helena tras ser divinizada, como hija de Zeus, es llevada por los Dioses a los Campos Elíseos donde gozará de la virtud eterna junto a su esposo Menelao. No obstante, hay otra versión del final mítico de Helena, según esa versión una Helena ya divina se retiró a una isla, la Isla Blanca del Mar Negro. Donde va a coincidir con Aquiles, el gran héroe muerto en Troya, con el mantiene una relación amorosa, son la pareja perfecta, el más bravo héroe griego y la más bella de las mujeres, con Aquiles Helena logra finalmente la felicidad. Lo que está claro es que cualquiera de los dos son finales dignos para la eterna Helena, la hija de Zeus y la más bella de las mortales. En definitiva, estamos ante uno de los personajes míticos más controvertidos de la Grecia antigua, por su relevancia en la guerra de Troya y por toda la literatura que ha generado.

Bibliografía:
Homero. La Ilíada y La Odisea
Hard Robin. El gran libro de la mitología griega. Madrid, 2008.
D. Hernández. La mitología contada con sencillez. Madrid, 2005.

martes, 6 de diciembre de 2011

Maravillas del Mundo Antiguo VI: El Santuario de Olimpia y los Juegos de Zeus Olímpico.

Vista área del Santuario de Olimpia.

Los santuarios griegos eran grandes complejos donde se celebraban festivales religiosos o cívicos, como los célebres Juegos Olímpicos. Dichas celebraciones contaban con un papel unificador al congregar en un lugar a representantes procedentes de todas las Polis. Unos juegos que se celebraban cada cuatro años en el santuario de Zeus en Olimpia, y eran los más relevantes de toda Grecia, superando a los celebrados en el santuario de Apolo en Delfos, tal era su importancia que marcaban la cronología de mundo helénico. En el 776 a. C. se celebra la primera Olimpiada, y desde ese momento se inicia la cronología de la Antigua Grecia. Esa primera Olimpiada marcaba el año cero desde el cual los griegos medían el tiempo y marcaban los grandes acontecimientos. Olimpia se encuentra en el Peloponeso al pie del monte Cronio, siendo una fértil llanura entre los ríos Alfeo y Cladeo, llena de olivos, cercana al sagrado bosque Altis. Un bello y arbóreo lugar donde se va a situar el santuario de Zeus Olímpico. Según la tradición el mítico fundador de los Juegos es un príncipe oriental llamado Pélope, de nuevo como todo en el Mundo Antiguo arranca con la mitología. Pélope llegó cuando el cruel rey Enómao gobernaba el Peloponeso, un rey que protegía a su hija Hipodamía degollando a todos sus pretendientes tras desafiarlos a una carrera de caballos. Trece fueron degollados antes de la llegada de Pélope, del que Hipodamía, lógicamente, se enamora locamente. El amor de Hipodamía le lleva a ayudar a Pélope, ordenando que cambiaran las tuercas metálicas del carro de su padre por otras de cera, antes de la carrera de caballos. Un ardid que, junto con la ayuda de Poseidon, da la victoria a su amado y supone la muerte de su déspota padre. Con lo que Pélope se desposa con la princesa y se hace con el trono. Pues bien parece ser que el origen de la Juegos estaría en una celebración funeraria organizada por Pélope para honrar la muerte de Enómao. La relevancia del héroe local Pélope queda atestiguada en su tumba, monumento más antiguo de Olimpia, situada entre los dos grandes templos de Hera y Zeus. 

Plano de Olimpia.

Otra parte de la tradición atribuye el origen de las Olimpiadas al gran Heracles, que tras su quinto trabajo, consistente en limpiar los establos del otro rey destacado del Peloponeso. un tal Augias, habría fundado los Juegos tras desviar el curso del río Alfeo. Sea como fuere el santuario de Olimpia se convierte en un gran complejo cívico y religioso. Estamos ante un lugar aislado, la cuidad más cercana estaba a 50 kilómetros (Élide), cuya función era acoger a representantes de toda Grecia. El santuario contribuía al llamado panhelenismo o unidad del mundo heleno, junto con otros centros panhelénicos como Delfos o Corintio, con los que formaba una especie de circuito de celebraciones cíclicas. Unas celebraciones, concursos atléticos o poéticos, que eran ante todo eventos religiosos o cultuales al estar dedicados a un Dios. Pero también eran eventos de concordia política entre las autónomas polis griegas, ya que al acudir miembros de todas las polis se llegaban a pactar grandes acuerdos políticos. Además estas celebraciones tienen una clara dimensión económica, teniendo en cuenta que a su alrededor se generaban ferias y mercados, y se multiplicaban las transacciones comerciales entre polis. 

Frontón occidental del templo de Zeus.

A finales del siglo VII y principios de VI a. C. Olimpia ya está configurada con ese gran santuario panhelénico, como un vasto conjunto arquitectónico que combina edificios religiosos y públicos. En el año 600 a. C. comienza la construcción del Templo de Hera, templo arcaico dórico, uno de los primeros templos griegos, construido en inicio en madera, y famoso al ser encontrado en su interior el célebre Hermes con Dionisio niño atribuido al gran escultor clásico Praxíteles. El gran templo del recinto se construye a partir del 470 a. C., es colosal y está destinado a albergar a Zeus olímpico. Ese siglo V a. C., en pleno clasicismo, es el momento de máximo esplendor del santuario de Olimpia. El gran templo fue diseñado por Libón de Élide, es dórico hexástilo con una cella de tres naves, cuenta con una esbeltez y elegancia sólo superada por el Partenón. De grandes columnas destaca por sus dimensiones y por la decoración escultórica de sus maravillosos frontones y metopas. En el frontón de la entrada principal se representada el mito de Pélope presidido por el gran Zeus coronado con una Victoria alada, marcado por un maravilloso estilo severo. En el frontón occidental se representa la lucha de los centauros con los lapitas donde destaca el movimiento violento de los centauros frente a la serenidad de Apolo. Y en las metopas se plasman los doce trabajos de Heracles.


Alzado del gran Templo de Zeus.

Pero además ese esplendoroso templo albergaba la maravilla de Fidias, una estatua crisoelefentina, de oro y márfil, de unos doce metros de altura realizada hacia el 432 a. C., una de las desaparecidas siete maravillas del mundo antiguo. Zeus aparecía entronizado como gran dios del Olimpo, representado con el torso desnudo y un manto le cubría las piernas, llevaba la cabeza coronada de olivo y la mirada dirigida hacia abajo le confería aspecto paternal. En la mano derecha sostenía una Niké y en la izquierda el cetro rematado por un águila. Su belleza y su gloria aumentaban cuando se abrían las grandes puertas de bronce del templo y Zeus resplandecía, para coronar a los vencedores de los juegos. Tras el templo se encontró el taller de Fidias, ya que el gran escultor clásico vivió en Olimpia. El santuario contaba con otros pequeños templos como el altar de Zeus, el Metroon o pequeño templo dórico dedicado a la madre de los Dioses, la mencionada tumba de Pélope. O el célebre olivo sagrado, cercano al templo de Zeus, con sus ramas se elaboraban las coronas que distinguían a los vencedores en los juegos. 

Recreación de la Estatua de Fidias.

Junto a los templos hay destacar los llamados Tesoros, doce templetes votivos donde eran depositadas las ofrendas de las diferentes Polis devotas de Zeus, como Megara o Sibaris. Mencionar el llamado Bouleuterion, del siglo VI a .C. donde se reunía el comité de los juegos y los participantes juraban respeto a las normas olímpicas. Además de una piscina, como baño para los atletas. Y la famosa Palestra de Olimpia, construida en el siglo III a. C., como espacio dedicado a los entrenamientos de los participantes en las modalidades de lucha, con un gran patio rodeado por un glorioso pórtico formado por 72 esbeltas columnas dóricas. Junto a la Palestra estaba el gran Gimnasio, del siglo II a. C., con un enorme patio de 200 metros de largo, lugar de entrenamiento de los atletas, lanzadores de disco y jabalina. Otros grandes espacios eran el Hipódromo, fuera de los límites del santuario, para las carreras de carros y caballos, y el Estadio, que data del siglo V a. C., contaba con una pista de 192 metros de longitud y podía acoger a unos 20.000 espectadores. 

La gran Palestra de Olimpia.

Todos son edificios relacionados con el desarrollo de las diferentes pruebas olímpicas, unos Juegos que en la Grecia Antigua consistían en diez pruebas, destacar:  


El pugilato o boxeo sin distinción por pesos, hasta la rendición o derrota de uno de los oponentes. 


La equitación, carreras de carros de dos o cuatro caballos, que debían dar doce vueltas al estadio. 


O las pruebas que se incluían el llamado Pentatlón: la lucha, la Carrera, que se medía por estadios o tramos de 192,28 metros. 


La jabalina o lanzamiento de una lanza de madera, el lanzamiento de disco, que podía ser de hierro, piedra o bronce, y el salto de longitud. El vencedor debía imponerse en al menos tres de las cinco pruebas. Curiosamente, tres de ellas: la carrera, el pugilato y la lucha, tenían sus variantes infantiles. 


Entre esa gran cantidad de edificios se situaban las estatuas que inmortalizaban a los grandes vencedores de los juegos, como los célebres Diágoras de Rodas o el gran luchador Milón de Crotona. Los participantes en los juegos debían ser jóvenes griegos, y muy importante, debían ser ciudadanos libres y con la suficiente fortuna para especializarse en estas artes atléticas. La intención de estos jóvenes era alcanzar la gloria eterna que daba la victoria en las Olimpiadas. Y poder ser objeto de las Odas del gran Píndaro de Tebas, el gran poeta de los Juegos. Píndaro, nacido en el 518 a. C., y en sus odas inmortalizaba el triunfo de los atletas victoriosos, que gracias a él se convertían en héroes. El propio Píndaro decía que los atletas aspiraban “... con ardor a conquistar gran gloria”. Para la celebración de los juegos se declaraba una tregua sagrada entre Polis. Mientras que la duración de las Olimpiadas solía ser de seis días, el primero de los cuales estaba íntegramente consagrado a Zeus, demostrando que ante todo era una celebración religiosa. Con procesión, sacrificios, y el juramento de los participantes ante Zeus. Desde el segundo hasta el quinto día se desarrollaban las diez pruebas atléticas oficiales. Y el sexto día solía ser de celebración de los vencedores que realizaban una procesión y consagraban su triunfo y sus coronas de olivo a Hera y Zeus, tras la consagración se celebraba un gran banquete. Y los atletas más célebres eran glorificados por sus polis de origen con un desfile y la erección de una estatua en su honor. 

Reconstrucción en maqueta de Olimpia.

En definitiva, las Olimpiadas eran una gran herramienta de unificación del mundo griego y eran una celebración religiosa y cívica, con un gran componente lúdico y deportivo. En una Grecia tan atomizada en unidades independientes o Polis estos Juegos eran básicos para la cohesión del mundo griego, y Olimpia es el mejor ejemplo de ello. Un espíritu unificador que las actuales Olimpiadas intentar evocar cada cuatro años, con el traslado de la llama sagrada de Zeus Olímpico por todo el mundo, en un intento unificar países. Estas Olimpiadas modernas poco tienen que ver con las Juegos dedicados a Zeus en Olimpia, no obstante, siguen manteniendo esa capacidad de cohesión entre pueblos diferentes. Estamos ante otro gran legado de la Grecia clásica, de la que actualmente parece no quedar mucho.

Bibliografía: 
J. M. Roldán. Historia de la Grecia Antigua. Universidad. Salamanca, 1998.
M. A. Elvira. Grecia y las Olimpiadas. Bruño. Madrid, 1992.
M. I. Finley. Los griegos de la antigüedad. Labor, Barcelona, 1994.
F. García Romero. Los Juegos Olímpicos y el deporte en Grecia. Ausa. Sabadell, 1992.