jueves, 18 de noviembre de 2010

El Ostracismo en la Atenas Democrática.

La Acróplis, epicentro del sistema democrático de Atenas.

Óstrakon (plural, óstraka), que significa literalmente trozo de vasija, es el término griego que ha llegado a nuestros días como el famoso destierro por ostracismo, y no era otra cosa que una ley que permitía a los ciudadanos atenienses desterrar durante algún tiempo a los políticos o a otros ciudadanos perniciosos para la Polis. Sobre los trozos de cerámica el pueblo escribía el nombre del político que era un potencial peligro para la comunidad. En la Atenas del siglo V a.C. era una relevante institución política, que salvaguarda su sistema democrático de gobierno de enemigos internos. En realidad, era una institución muy contraria a los que ahora comprendemos por ostracismo y totalmente opuesta al mito del sistema democrático ateniense, ya que se podía condenar al ostracismo a una persona con tan sólo una mera sospecha. La ley o institución del ostracismo fue decretada por Clístenes a finales del siglo VI a. C, junto con otras medidas como establecer como institución suprema a la Ekklesia o asamblea de todos los ciudadanos, acabando con la tiranía al expulsar en el año 510 al último tirano, Hipias. Para mantener a raya a los enemigos del nuevo orden democrático establecido, Clístenes instaura el ostracismo como institución defensiva frente al restablecimiento de la tiranía.

Óstrakon, o trozo de vasija utilizado para la votación del ostracismo.

Para que se aplicara la ley del ostracismo una vez al año se reunía la Ekklesia donde se debatía si había indicios suficientes para aplicar el ostracismo, y se convocaba la ostrakophoria, asamblea donde se votaba el ostracismo. Dicha votación se celebraba en el ágora, con unos 6.000 ciudadanos con derecho a voto. Y se realizaba escribiendo en el trozo de cerámica u óstrakon el nombre de la persona que cada uno pensaba que debía ser condenada al ostracismo. Una vez contados los votos el que resultara más votado era desterrado de Atenas durante 10 años, al desterrado se le concedían unos 10 días para preparar su marcha de la Polis. El ostracismo ateniense era una ley preventiva, que se anticipaba a futuras conspiraciones para instaurar la tiranía. No era un destierro ordinario, no se le trataba como un criminal, ni su honor ni propiedades eran tocadas, sólo se le expulsaba del Ática. El ostracismo afectó a algunas de las personalidades más grandes de la Grecia clásica, como el caso de Temístocles, gran héroe de la victoria de Salamina. Tan sólo Pericles, gran forjador de la Democracia ateniense, no padeció nunca el ostracismo. Hay que decir que, en ocasiones, cuando la Polis estaba amenazada por un peligro exógeno, solía concederse una amnistía general, que suponía el regreso de estos personajes tan relevantes para la defensa de Atenas.

Busto de Temístocles, uno de los afectados por el ostracismo.

Como ocurre siempre con las leyes e instituciones creadas por el hombre el ostracismo fue malográndose con el paso del tiempo hasta llegar a ser un mero recurso, para culpar a una solo persona de las decisiones fallidas tomadas por la Asamblea. De modo que hacia el año 416 a.C. cuando fue condenado al ostracismo Hipérbolo, el último afectado por el destierro, la institución estaba totalmente desacreditada al servir como simple instrumento político para que los políticos poderosos lograran ser exculpados al hacer recaer toda la responsabilidad en pobres cabezas de turco. En definitiva, el ostracismo fue básico en la consolidación de la Democracia clásica de Atenas, pero al igual que otras muchas obras del ser humano decayó hasta autodestruirse por su consabida deficiente utilización. Grandes leyes, instituciones o sistemas políticos han fracasado por naturaleza innata del hombre proclive al ansia de poder.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los Iberos: una sociedad guerrera y jerarquizada.

Relieve de un jinete ibero, siglo III a.C.

No se puede hablar de un único pueblo ibero sino de una civilización, una cultura que llega desde Andalucía hasta el sur de Francia, entre los siglos VI al II a.C., destacando los iberos del Levante (Edetanos o Ilergetes) y los Iberos andaluces (Turdetanos, Bastetanos y Edetanos). Iberos era el nombre con el que los griegos designaban a los antiguos habitantes de la península ibérica. Unos iberos que contaban con una sociedad marcada diferencias zonales, algunas regiones con centros urbanos importantes y jerarquización social, además de desarrollar una artesanía y un comercio muy desarrollados y otras de ambiente rural primitivas, de sencillos poblados agrícolas y ganaderos. En general, destacan por su carácter belicoso y su fama de grandes guerreros mercenarios, de manera que fueron utilizados por los cartagineses como fuerza de choque en su lucha contra los griegos, por el control de la zona siciliana. Una fama que les llevo a combatir en la propia Grecia a finales del siglo V en el ejército del estratego Aristarco en las Guerras del Peloponeso o incluso apoyando a los espartanos en su lucha contra los tebanos. Su aura de gente aguerrida llega hasta la literatura, el propio Sófocles llego a escribir una obra llamada Iberos.

La célebre falcata ibera.

De su belicosa sociedad ibera apenas nos informan los textos clásicos, por lo que la información debe completarse a través de la arqueología y excavación sistemática de sus asentamientos fortificados y de sus grandes necrópolis. Así conocemos a esta cultura de pueblos heterogéneos denominados Iberos, que mantuvieron intensas relaciones con los pueblos colonizadores de la P Ibérica, primero fenicios y griegos y luego cartagineses y romanos. Este proceso de interacción y aculturación desembocó en una cultura original de gran nivel de desarrollo y extraordinaria singularidad. Como demuestra su magnífica escultura, representada en sus célebres damas, como la de Elche. La arqueología nos informa fundamentalmente de la realidad de su clase dirigente, de sus objetos y productos de prestigio, fiel testimonio de su riqueza e influencia en el control del territorio. De esta forma estamos ante una sociedad marcada por la jerarquización política y social como se puede apreciar en sus establecimientos urbanos. Centros ubicados en lugares estratégicos para controlar y organizar todo el territorio circundante. Su trazado, sus murallas y la presencia de edificios más complejos nos revelan la existencia de un poder que controlaba la organización de las actividades sociales y económicas. Unos edificios complejos y espaciosos asociados a otros espacios como almacenes colectivos o lugares de culto, que nos hablan de un grupo social superior con una vinculación intencionada a la divinidad, para garantizar su posición privilegiada dentro de la comunidad. Nos encontramos con un grupo dirigente ibero estrechamente ligado a la divinidad, que será el origen de las monarquías iberas. Una monarquía que toma su carácter sacro del mundo oriental, dicha monarquía daría paso a una aristocracia de carácter gentilicio. Surgiendo una serie de caudillos militares unidos a un grupo de guerreros mediante la llamada Devotio, una institución propia de las sociedades militares por la que unos individuos quedan vinculados a un líder guerrero mediante lazos de clientela, implicando obligaciones recíprocas, que podían llegar al extremo de la auto-inmolación en defensa de su caudillo militar. Algunos de los nombres de estos caudillos nos han llegado gracias a los textos clásicos, como Orison, causante de la muerte del Almílcar en Elche, padre de Anibal.

La dama de Elche, supremo ejemplo de la escultura ibera.

Otro signo del poder de estas aristocracias serían las murallas defensivas, junto con las necrópolis. Como testimonio más directo de la existencia de una clase poderosa-militar dirigente, por la gran riqueza de los ajuares y ofrendas. A pesar de las grandes diferencias regionales las tumbas reflejan la excepcionalidad del difunto, desde magníficos túmulos, pasando por excepcionales esculturas como la Dama de Elche o la dama de Baza, hasta lujosos vasos cerámicos o las armas. destacanado la famosa falcata ibérica, la espada curvada característica de los guerreros iberos. Destaca el magnífico conjunto escultórico de Cerrillo blanco de Porcuna (Jaén), antigua cuidad ibérica de Obulco, donde apreciamos la exaltación del aspecto heroico de los guerreros iberos luchando contra animales reales o mitológicos (como los grifos orientales) acciones que justificaban su poderío social. Eran personajes casi divinos cuyo campo de acción privilegiado era el arte de la guerra, ejercían el mando social mediante esa función guerrera y a través de sus armaduras, cascos, escudo redondo, lanzas o espadas. Además la economía estaba basada en la agricultura cerealística y la ganadería, sus famosos barcos y el comercio. Y su religión era fruto del sincretismo religioso, una amalgama de ideas indígenas y elementos orientales, griegos y romanos. Junto con todo un ritual funerario reservado a las personas pertenecientes al grupo dirigente. Sus cadáveres eran expuestos, y posteriormente llevados en carro a la necrópolis. Donde se procedía a la cremación del cadáver, una vez quemado se purificaban los restos y eran envueltos en un sudario y depositados en la urna cineraria. Además se celebraba un gran banquete funerario, unido a la amortización o inutilización de las armas del difunto, que eran dobladas y quemadas en la pira funeraria. A lo que se unía la protección simbólica de los restos, con falcatas clavadas alrededor de la tumba, o con las famosas estelas de guerrero, tan bien representadas en nuestra región.

Área de influencia de la cultura ibera.

En definitiva, la sincrética y belicosa cultura ibérica, con su sociedad jerarquizada marcada por un grupo dirigente detentador del poder, representa el paso de la Prehistoria a la Historia Antigua en la Península Ibérica.