viernes, 20 de noviembre de 2015

Pasajes de la Historia XXX: Pompeya, la vida en el esplendor de la Civilización Romana del siglo I.


Siglo I d.C. el Imperio Romano alcanza su cenit y domina todo el mundo conocido, el Mare Nostrum, un basto territorio articulado a través de una extraordinaria red de obras públicas, calzadas y ciudades cuyo epicentro estaba situado en Roma, la Urbs. Cada ciudad era la cabecera de un territorio sirviendo de centro aglutinador, administrativo, religioso y económico. Unas urbes que contaban con gran autonomía, con elecciones en las que los ciudadanos libres elegían por votación a los magistrados (a imitación de las polis Griegas). Magistraturas ostentadas por los patricios poderosos, que eran un honor y, por lo tanto, no estaban remuneradas. Unas polis romanas construidas ex novo, que con Roma como ejemplo, se dotan de grandes obras públicas y se estructuran de forma ortogonal en extensas cuadriculas de calles que confluyen en el foro y todas bien pavimentadas, con agua corriente de gran calidad y alcantarillado. Calles que podían ser desde grandes avenidas hasta calles y callejuelas secundarias, todas dotadas con sus fuentes, abastecidas por los acueductos. Su estructura ortogonal se basaba en el cruce de dos calles principales, el cardo de norte a sur, y el decumanus de este a oeste. Aunque era un plano muy organizado, las calles carecían de numero o nombre, esto es, era difícil orientarse en un callejero muchas veces ruidoso, sucio y caótico por la aglomeración de gente. Es de destacar que cada calle, casa y barrio estaba protegido por sus propias divinidades, en muchas calles había altares o compita en los cruces de calles, para rendir cultos a los respectivos Lares Compitales protectores, la compleja religión romana así lo establecía.

Mapa con la situación de Pompeya.
En el siglo I esas ciudades funcionaban y bullían, con mercados que se abastecían con productos de la zona y otros venidos de otras partes del imperio, donde la mayoría de la población agrícola y ganadera vendía sus productos, junto a artesanos y comerciantes que llenan sus calles. Las ciudades eran el espacio donde se relacionaba la comunidad de ciudadanos, la Civitas, basada en el derecho, la política y los servicios públicos. Esa Civitas romana es la base de la ahora tan manida y mal entendida Civilización occidental. Una Civitas, el imperio estaba formado por entre 50 y 80 millones de personas, que descansaba en unas magníficas ciudades que en el siglo I no paraban su actividad nunca, en palabras de Elio Aristides, historiador y filósofo griego, “ahora todas las ciudades florecen bajo vuestro Imperio (…) son todas espléndidas de luminosa belleza…”. Una de esas ciudades es Pompeya, que gracias a una hecatombe natural la conocemos muy bien, y nos indica que no todo era luz y civilización, las ciudades romanas tenían muchos de los problemas que aún hoy tienen nuestras ciudades, presión demográfica, atascos, incendios, derrumbes, falta de seguridad o especulación del suelo.

Las ruinas de Pompeya al pie del Vesubio.
En Pompeya, justo antes del 24 de agosto del 79 d.C. cuando acontece la erupción del Vesubio, residían unas 10.000 personas, la mayoría plebe y esclavos. La vida de patricios, mercaderes, artesanos, pobres, libertos y esclavos transcurría en la calle, unas calles llenas de vida y con los elementos que podemos encontrar en una calle del siglo XXI. Aceras, calzadas pavimentadas, y los célebres pasos de peatones, a base de bloques de piedra elevados para evitar mancharse y mojarse las sandalias, el agua de la lluvia se mezclaba con la suciedad y los excrementos de los animales que tiraban de los miles de carros, por lo que esos pasos eran una solución genial. Tanto era el tráfico de carros que desde tiempos de Julio César se prohibe la circulación diurna de carros para evitar accidentes. Esa suciedad fluía hacía las magníficas alcantarillas romanas, que confluían en una cloaca máxima. Además por debajo de las calles tuberías de plomo llevaba agua limpia y de gran calidad a las fuentes públicas, letrinas, termas y a las casas de los patricios y nobles. Un agua que llegaba a la ciudad por los acueductos, hasta un gran deposito llamado castellum aquae, desde donde se repartía por la cuidad por el entramado de tuberías de plomo. 

Calle de Pompeya con los geniales pasos de peatones.
La mayoría de la población no contaba con agua corriente en casa y por ello existían las mencionadas fuentes públicas. Ni tenía una letrina privada, de modo que en las calles se establecían las Letrinae públicas de uso colectivo, mixtas para hombres y mujeres, y para todos los habitantes desde esclavos a senadores. Letrinas con bancos de madera corridos sobre canales con agua corriente constante limpia para trasladar los residuos al alcantarillado, y la documentada spongia unida a una palo y cubo para limpiarse. Un lugar de verdadera confluencia y relación social, para ligar, para hacerse amigo o conocer a poderosos. Además había soberbias termas públicas para todos los ciudadanos. Junto al Foro con Basílica, edificio público de usos múltiples, núcleo central de las ciudades romanas donde se impartía justicia y se comerciaba, y era lugar de encuentro de la población, que luego iba a las Termas o al Anfiteatro a ver los juegos sangrientos, gran afición de los romanos del siglo I.

Termas de Pompeya.
En Pompeya, como en otras ciudades romanas, había distintos tipos viviendas: la mayoría de la población vivía en Insulae o bloques de pisos con varias plantas con apartamentos de alquiler, muy similares a nuestros edificios actuales. Solían construirse de forma precipitada, para alojar la población creciente de las urbes (campesinos arruinados, veteranos de las legiones…), siempre con materiales pobres y sufrían muchos incendios y derrumbamientos. Es curioso que los obreros de la construcción o fabri hacían las veces de cuerpo de bomberos contaban con bombas de mano y mantas húmedas para apagar los constantes incendios. Muchos de estos apartamentos de las insulas no tenían cocina, y estaba por ley prohibido cocinar, pero muchos se saltaban la prohibición y se generan los incendios. La gran demanda hacía que los propietarios especularán con los solares que habían sufrido un incendio, construyendo de nuevo y haciendo grandes fortunas. Incluso incumplían las leyes y los hacían de demasiadas plantas, lo que generaba los derrumbes. A comienzos del siglo I d.C. Augusto fijó por ley en 70 pies (21 metros) la altura máxima de las insulae, la legislación imperial debía ser respetada en todas la cuidados del imperio.

Vista del Foro de Pompeya.
En las aceras de las calles, a ambos lados, se situaban las Tabernae, típicas viviendas con negocios, comercios o talleres de artesanos en la planta baja, con pequeñas habitaciones y viviendas en la planta superior, llamadas pergulae. En ellas vivían artesanos, comerciantes y libertos, ciudadanos libres y también muchas veces el dueño de la tienda alquilaba dichas habitaciones. Entre esas tabernas destacaba la fullonicae o lavandería, donde ricos (sacerdotes o magistrados) llevaban la ropa que lucían en las ceremonias públicas. Fullonicae viene de Fullones o niños esclavos, que lavaban esa ropa pisándola en grandes pilas. Cuanto más pequeño era el pie más perfecto era el lavado y más caro, muy triste la vida de estos Fullones. Obviamente, no había jabón, la ropa era lavada con una curiosa mezcla de agua, orina humana fermentada y tierra batán, un tipo de arcilla desengrasante natural. La orina era importante en Pompeya, se recogía en las letrinas y con ánforas colocadas en la calle o testae, donde los habitantes orinaban, una vez fermentada la orina humana es amoniaco puro y era básico para lavar. Tan importante era la recogida de la orina en Roma, que Vespasiano la acabó gravando con un impuesto. Su hijo Tito le recriminó la medida por poco noble, y Vespasiano cogió un denario de oro recaudado con este impuesto y se lo puso en la nariz a Tito y le cuestiónó “¿acaso huele mal?”. En Italia aún hoy en día llaman "vespasianos" a los baños públicos.

Vista de una calle de Pompeya, a ambos lados estarían en las aceras las tiendas o tabernae.
Otra de esas tabernae eran las sastrerías o vestuarius donde se vendía la ropa, normalmente a hombres y mujeres patricios. La toga era el vestido oficial de los ciudadanos de lino o lana y para los ricos muselina o seda. En Pompeya se documenta como estos negocios utilizaban las paredes para hacerse publicidad con pinturas murales. Las paredes eran la forma de comunicación en Pompeya, se utilizaban para hacer propaganda electoral, para hacer escarnio público de una persona, para declaraciones de amor, para amenazas, como vemos los grafittis ya estaban inventados en el siglo I). 

Uno de los miles de graffitis que hay en Pompeya, una declaración de amor de un tal Secundus a su prima. 
Las más destacadas eran las cauponae o thermopolium, los restaurantes de comida rápida de la época, eran el negocio más extendido por Pompeya y las ciudades romanas. Cada caupona tenía su propio menú, desde gachas y legumbres para los más pobres, hasta carne asada, vino y queso para los ricos. Se solían situar cerca del foro que era el epicentro de Pompeya, donde se hacían los negocios, se impartía justicia o se establecía el mercado. El hostelero o caupo muchas veces establecía su vivienda en la parte superior con su familia. Pero otras veces alquilaba habitaciones, que a la postre se acaban convirtiendo en hostales. Y muchas veces los caupos estaban ligados a la prostitución y el juego, en Pompeya estaban bien señalizados ese tipo de negocios. 

Vista de la Caupona de Vetitus Placidus. 
La nobilitas y los patricios se hospedaban en los llamados Hospitia, lujosas domus muy amplias y tranquilas con atrio, jardines o peristilo trasformadas en lujosos hoteles. E incluso estaban los stabula, mesones y albergues en las entradas de Pompeya y de las ciudades relevantes, con cuadras y grandes patios, para mercaderes y viajeros. Otra curiosidad es que el vino que consumía era de mala calidad, muchas veces se mezclaba con agua, frutas o elementos para endulzarlo, y caliente en invierno. El beber estaba relacionado la conversación y el juego, los locales que tenían cierta calidad ofrecían una zona con triclinos para charlas distendidas. En Pompeya, o también en Ostia, hay muchos ejemplos de estos negocios como el Thermopolium de Vetitus Placidus, perfectamente conservados hasta sus asadores, menús y pinturas murales.

Vista de los frescos de la Casa de los Misterios de Pompeya.
Al igual que están conservados los pistrium o tahonas, hasta 34 se han encontrado en Pompeya, el pan era el alimento más popular y básico, se vendía, amasaba y almacenaba en estas panaderías. Que contaban con su molino grandes de piedras volcánicas en dos piezas tirado por esclavos o animales. El pan romano se caracterizaba por ser muy duro, al estar hecho con mosto de uvas como levadura. Pero, al mismo tiempo, duraba mucho, y para endulzarlo, como el vino, se añadía miel, fritos secos, fruta, sésamo, higos… En Pompeya, después de la erupción, se han llegado a documentar hasta 80 panes carbonizados, de aspecto redondeado muy similar al actual. En época de crisis los emperadores repetían ese pan, recordemos el celebre y, totalmente, actual lema “pan y circo”. 

Magnífico Atrio de la Domus del fauno, con el fauno dentro del Impluvium
Además de las viviendas populares y las tabernas, Pompeya contaba con las domus o casas señoriales de patricios, aristócratas o burgueses pompeyanos, como comerciantes ricos. Viviendas que nada tienen que ver con las de la plebe, grandes viviendas de entre 450 y 3000 metros cuadrados, que contaban con todo tipo de lujos, amplias habitaciones, atrio, peristilo con jardín y una deslumbrante decoración. Destacar la famosa Villa de los misterios, la Domus del Fauno o la espectacular Domus del patricio Marco Lucrecio Frontón, conocemos el nombre del paterfamilias o cabeza de la casa por que su nombre aparece en un frontón del peristilo y en varios grafitos electorales de la fachada. 

Soberbia vista del Atrio de la Domus de Marco Lucrecio.
Imaginemos un día en Pompeya alrededor a tan lujosa y refinada Domus en el año 14 d.C. Desde primera hora de la mañana en la Domus de Marco se congregaban a su puerta los clientes del llamado Patronus y sentaban a esperar la celebre Salutatio en bancos de piedra adosados a la fachada. La Salutatio era la ceremonia diaria por la cual el patrono y dueño de la domus saludada o hacia pasar a sus clientes a su casa para tratar sus asuntos. Ese clientelismo era una institución básica en Roma, ya que permitía a los ciudadanos libres sin recursos entrar en patronazgo y protección de los patricios más poderosos. Los clientes de Marco Lucrecio eran básicamente juristas, comerciantes e intelectuales sin recursos, que le ayudan en sus negocios comerciales y en sus campañas electorales para magistrado. A cambio recibían la denominada Sportula, comida y dinero, o una cosa y no otra. 

Ejemplo de Larario.
Son las 9 de la mañana y se iniciaba la Salutatio cuando el Nomenclator o portero, que guardaba la puerta, abría y accedían a la Domus los clientes más cercanos al Patronus, leales clientes que entraban al Atrio o patio por un estrecho pasillo llamado Fauces decorado siempre como un mosaico. En la casa de Marco estaba el típico mosaico del perro y la frase Cave Canem o “cuidado con el perro”, una advertencia a extraños. Y guiados por el “perro” o esclavo doméstico, que dormía en las propias Fauces (los esclavos no tenían la consideración de personas en Roma), los clientes habían llegado al Atrio, eje sobre el cual se estructuraba la Domus y que estaba pensado para impresionar al visitante. Era la zona pública donde uno de los clientes, que era un poeta pobre llamado Marcial, se fija en varios elementos: una mesa o mensual, donde se exhibe la vajilla de plata, y el celebre larvario, a un lado del atrio, para rendir culto a la multiplicidad de dioses de los romanos o Lares (como Jano dios bifronte protector de las puertas) y los antepasados o Manes. La lujosa decoración con pintura murales en rojo y negro, colores preferidos de los patricios, y le llaman la atención las cajas con fuertes candados, para demostrar que eran ricos y tenían objetos lujosos que guardar. 

Mosaico de las Fauces con el típico Cave Canem.
Ese día estaba lloviendo y otro de los clientes, un liberto, que se quitaba el gorro cónico, que le identificaba como tal, al levantar su mirada se fija en el sistema que estas domus ricas tenían en el atrio para recoger el agua de la lluvia. El atrio contaba con un tejado a cielo abierto llamado Compluvium, que hacia caer el agua en el Impluvium o estanque, que recogía ese agua, que se filtraba a un deposito inferior y por un brocal de un pozo se sacaba el agua. Además la casa de Marco tenía, como otras de los ricos, agua corriente. 

Vista del Atrio de Domus con el Implivium y la mensula, al fondo el lujoso Tablinum.
Los clientes estaban impresionados por el patio y Marcial, el poeta, se percata del silencio que reina en la Domus, el bullicio y ruido del exterior queda al margen de estas viviendas, Incluso Marco había alquilado el exterior para hacer Tabernae, no quería saber nada del mal olor y ruido exterior, no había ni ventanas. Otro de los clientes, un jurista que gustaba del buen comer, se fija en el olor que llegaba desde la cocina, en el jardín o peristilo, un buen olor que emanaba del guiso típico de diario, una especie de cocido, que combinaba las legumbres con las carnes y aderezado con muchas especies. Ellos no podían acceder a la cocina o culina, que ya os digo yo que era pequeña y bien equipada, con un horno de ladrillo, ollas y todo tipo de utensilios, con una chimenea para la salida del humo. Además tenia algo muy curioso, su propia letrina o baño, que hacía las veces de cubo de la basura. La cocina era el hábitat del esclavo doméstico más respetado y relevante, el cocinero, que si hacía una buena labor podía ser recompensado con la libertad. Y era un privilegiado, la cocina siempre estaba caliente y le llegaba el calor de la calefacción de la zona privada, el celebre hipocausto, o sistema de calor por suelo radiante inventado por Sergius Orata, que ahora estamos recuperando, pero estaba ya en las Domus del Imperio.

Vista de la decoración del Tablinum de Marco con la escena de Baco en el centro entre rojos y negros.
Los clientes llegaron al Tablinum donde Marco les espera sentado en su lujosa Tabula o mesa de mármol, donde se acumulan los volumina, los pergaminos enrollados con documentos y libros. El Patronus en su despacho recibe a los primeros clientes y les entrega la Sportula, y se van enseguida, y entran otros que vienen a tratar asuntos de mayor enjundia. Como un intelectual e historiador sin recursos, que venía a ofrecerse para instruir a los hijos de Marco. Se llamaba Petrus y se percata de la solemnidad del tablinum rodeado de las máscaras funerarias o realistas retratos de los ilustres antepasados de la familia. Mientras Petrus convencía a Marco para ser el tutor de sus hijos, su nariz percibe un delicioso olor a higuera, el ambientador preferido por los patricios mediterráneos, y ve como tras el tablinum, pasando unas lujosas columnas se aprecia un espectacular jardín o peristilo. Era la zona privada de la familia y a su alrededor se establecían las sencillas cubiculas o habitaciones, todo un frondoso hortus con árboles frutales y plantas aromáticas, era el núcleo de la vida y la ventilación de la domus. El historiador había logrado llegar a un acuerdo, se convierte en cliente de Marco y va a ser el pedagogo de sus hijos. Antes de irse Petrus no puede evitar fijarse en la decoración y pintura mural del despacho, era magnífica, identifica que es del llamado Tercer Estilo Romano, brillan sus rojos y negros, y en el centro se quedo unos segundos absorto mirando una bella escena, que representaba el triunfo de Baco y Ariadna. 

Vista del Peristilo de la Domus Vettii.
Aún quedan otros dos clientes en el Tablinum con el Patronus, uno era jurista y el otro lanista (tenía una escuela de gladiadores o Ludi) y eran los más cercanos consejeros de Marco. Le aconsejaban en sus negocios comerciales, básicamente basados en la lucrativa venta de esclavos, y en la organización de sus campañas para magistrado, desempeñar un cargo público era un honor para un patricio. Ambos se quedaron en el tablinum departiendo largo tiempo con Marco. Con el lanista trataba la venta de varios esclavos para unos juegos, y con el jurista la forma de amplían su red de clientes para favorecer su carrera como Edil, pasaron horas hasta que llegó la hora de la comida. 

Tipica decoración mural de un Triclium de Pompeya.
Y Marco invitó a sus clientes de confianza al comedor o Triclinum, llamado así por los triclinos o tres divanes, donde se comía reclinado entorno a una mesa o mensae baja también con tres patas, el tres era un número mágico para los supersticiosos romanos. El lanista y el jurista animados por el patrono se reclinaron cada uno en un triclino, respetando el estricto protocolo según el cual cada invitado debía estar colocado según su condición social, el jurista se reclinó en el diván más cercano a Marco. Él se llamaba Secundus y tenía un olfato superlativo, por lo que notó un agradable olor que desprendían dos bellas lamparas para infusiones, y percibió que era una infusión de azafrán, Marco quería demostrar que era tan rico que podía quemar esa apreciada y cara especie. Unos bellos candiles (lucernae) de aceite iluminaban el comedor, y permitieron al lanista, de nombre Primus, fijarse en los suntuosos mosaicos que decoran el suelo y las bellas pinturas de las paredes, con el omnipresente rojo, que ilustraban escenas mitológicas y del buen comer y beber. Primus también pone sus ojos en una lujosa vajilla de plata y bronce, en los platos de excelente cerámica, y en unas copas cristal de una finura que se le antoja sobrenatural. 

Fresco del Triclinum de la Domus de Marco, que representa una escena de la tragedia Andrómeda, la lucha entre Orestes y Neoptólomeo por el amor de Hermione. 
Primus y Secundus se sienten honrados de poder asistir a tan elevado banquete, momento en el que entran los esclavos domésticos con la comida. Ambos se percatan de que van a disfrutar del verdadero tranpamtojo de la época, Marco había ordenado al cocinero hacer que el pollo parezca pescado y el pescado se asemeje al pollo, todo cortado en pequeños trozos, para poder ser comido con las manos mientras estaban reclinados en las almohadas y la comodidad de los triclinos. La comida se alargó sobremanera, no había prisa y estar en los divanes (costumbre heredada de Grecia) permitía comer y beber más, conversar de forma más distendida mientras bebían el vino de falerno, uno de los pocos buenos vinos de la época, que proveía de las fértiles laderas del monte Falerno. Una vez resueltos los asuntos de comercio y electorales Primus, Secundus y Marco hablaron de temas tanto triviales como más elevados hasta terminar siendo casi de noche. 

Fresco de una de la cubiculas de la Casa de Marco que representa Narciso enamorado de propio reflejo. 
Marco termina despidiendo a sus fieles clientes y son acompañados a la puerta por el incansable nomenclator. Primus y Secundus algo afectados por los efectos del vino de Baco salen a la calle y se ven rodeados por un tumulto provocado por unos juegos de gladiadores, los pompeyanos se enfrentaban los aficionados de la ciudad de Nuceria, algo muy habitual. Primus huye despavorido y al llegar a su apartamento de su insulae, rememora la tranquilidad y buena vida de su patrono en su lujosa Domus y recordó las palabras del poeta Juvenal en “Roma solo pueden dormir los ricos”. Mientras Secundus, antes de ir a su Ludi, como buen lanista, se une a la refriega y sale herido en una pierna. 

Fresco que representa a una pareja de pompeyanos.
Este episodio mezcla de ficción y realidad, toda buena historia merece ser adornada, creo que ilustra a la perfección como era la vida en Pompeya y en cualquier ciudad del Imperio en el cenit de la civilización romana. Pompeya tuvo la desgracia de sufrir un terremoto primero en el 62 d.C, y en el 79 d.C quedar sepultada por la erupción volcánica del cercano Vesubio, que enterró a sus habitantes y viviendas bajo sus cenizas. Una desgracia que nos ha permitido descubrir con todo lujo de detalles, como era la vida en los inicios de nuestra era en la mayor civilización de la Historia. 

Bibliografía para saber más: 
R. Etienne. La vida cotidiana en Pompeya. Aguilar, Madrid, 1971. 
M. Beard. Pompeya: Historia y leyenda de una ciudad romana. Crítica, Barcelona, 2014. 
R. Hanoune y John Scheid. La Antigua Roma: como vivían los romanos. National Geographic. 
E. Castillo. Vivir en una casa de Pompeya. Historia de National Geographic. Nº 136. 2015. 

Web y visita virtual a la exposición Romanorum Vita de la Obra Social de la Caixa:

Fotografías: Wikimedia, National Geographic.