jueves, 25 de agosto de 2011

Grandes Iconos Universales VI: Las Hilanderas o La Fábula de Aracne, Velázquez, 1657.


Nos encontramos hacia la mitad del siglo XVII, son años convulsos dentro de la Monarquía Hispánica, la crisis del gobierno de Felipe IV se agrava con las rebeliones de Cataluña y Portugal en el año 1640. Graves episodios que debilitan la figura del Conde-Duque de Olivares, que había perdido totalmente el apoyo de la clase dirigente castellana. Y Olivares es destituido en 1643 y su sistema de gobierno y administración se viene abajo, superado por las realidades económicas y políticas. Para Chaunu fue el punto de inflexión definitivo en la pérdida poder económico de la Monarquía Hispania, todo agravado por  el agotamiento humano y social del pueblo español. Felipe IV que declaraba que podía gobernara el solitario, sin embargo se apoya en un nuevo valido, Luís de Haro. Pero está segunda etapa del reinado de Felipe IV va a seguir caracterizada por una profunda crisis, por graves problemas financieros y gravosas bancarrotas. En contraposición a la crisis económica España conoce un gran desarrollo cultural y artístico, vive el siglo de oro de la literatura española con los grandes Góngora, Lope de Vega o Cervantes. En esa gran literatura surge una tendencia marcada por tratar el mito clásico de forma satírica, atribuyendo a los dioses apariencia y formas de hombres y mujeres vulgares. Algo que se extiende a la pintura, que conoce su época dorada gracias, entre otros, al sublime Velázquez.

Detalle central de la Fábula de Aracne.

Hacia 1651 Velázquez regresa de nuevo a Madrid tras su segunda estancia en Italia, el pintor porta junto a él cuadros y esculturas que había adquirido por mandato de Felipe IV, unas obras que estaban destinadas a la decoración del nuevo palacio real, aún en obras. El rey queda muy satisfecho de la labor de Velázquez en Italia y decide nombrarlo Aposentador mayor, convirtiéndose en uno de los personajes más relevantes de la corte. Velázquez pasa a formar parte de la alta jerarquía cortesana y sus responsabilidades y ocupaciones en la corte aumentan considerablemente, realizando funciones de auténtico mayordomo, como ocuparse de los viajes del rey y su séquito. Otra de sus muchas tareas era la de organizar la colocación de lienzos en el Escorial, no obstante, a pesar de sus nuevos deberes, Velázquez logra realizar otra de sus obras maestras Las Hilanderas o La fábula de Aracne. Velázquez es un pintor que destaca, desde sus inicios, por su fuerte personalidad y singularidad algo que se manifiesta en: un tratamiento de la narración pictórica alejado de los convencionalismo clásicos, un desarrollo estilístico y técnico fuera de lo común, y un novedoso repertorio temático. Para algunos es la distinción y el culteranismo hecho pintura, ese buen gusto y gracia intelectual le acercaba a otros grandes de su época como Góngora. Él mismo era sabedor de su gran personalidad creativa, y además para Javier Portús era capaz de reconocerse participe de una tradición pictórica concreta, la representada por Rubens y Tiziano, y las Hilanderas son el paradigma de ese reconocimiento pictórico de Velázquez.

Rapto de Europa, Tiziano.

El cuadro fue denominado hasta mediados del siglo XX como La fábrica de tapices de Santa Isabel en Madrid, también conocido como las Hilanderas. Ya que durante siglos los historiadores y espectadores habían pensado que el tema principal del cuadro es la escena de las mujeres trabajando en la fábrica de tapices, que Velázquez coloca intencionadamente en primer término. Sin embargo, con el tiempo se empieza a atisbar que la escena principal es la narración mitológica que se sitúa al fondo, la fábula de Aracne. En 1848 Diego Angulo fue el primero en darse cuenta que la importancia del mito, que se desarrollaba al fondo de la obra. Y cuando se descubre un inventario de 1664 en el que el cuadro aparece citado como la fábula de Aracne, definitivamente los investigadores se decantan por otorgar al cuadro una temática mitológica. 

Detalle del mito en el escenario del fondo.

El mito nos cuenta que Atenea, diosa protectora de las artes del tejido y del hilado, fue desafiada y superada por una alumna, una muchacha llamada Aracne. Atenea encolerizada rompe los tapices realizados por Aracne, que estaban dedicados a los amores entre dioses, como el rapto de Europa. Aracne abatida se suicida, siendo transformada por Atenea en un araña, para tejer eternamente. Velázquez representa en el fondo de sus Hilanderas el momento de la disputa entre Atenea y Aracne. Para Angulo Iñiguez y Charles Tolnay, las hilanderas del primer plano también representan los personajes de la leyenda. la hilandera de la derecha, con su cuidado moño y blusa blanca, sería Aracne, antes de la disputa con Atenea. Por lo que en primer plano nos presenta a Aracne, mientras en segundo plano desarrolla el mito, con la llamada técnica de episodios simultáneos, representado a Atenea con su casco compitiendo con Aracne. Y además tanto la luz que ilumina esa escena, como su posición elevada en una especie de podio o escenario nos da pistas de la importancia del fondo del cuadro.

Rapto de Europa, Rubens.

Velázquez representa la disputa de Aracne y Atenea justo delante de un tapiz que representa el mencionado Rapto de Europa por Zeus. Un hecho que no es casual, ya que es uno de los tapices que Aracne realiza, y además, es una copia del famoso cuadro que Tiziano pinta para Felipe II, y que luego fue copiado por Rubens, durante su estancia en la corte española en misión diplomática hacia 1628. Lógicamente Velázquez comparte experiencias y taller con Rubens durante su estancia en Madrid. Con la inclusión del rapto de Europa, Velázquez se reconoce dentro de la tradición pictórica occidental representada por Tiziano y Rubens. Y lo hace al entenderse influenciado por la particular forma de tratar el color, como parte fundamental de la pintura, de Tiziano y Rubens. Ambos encumbran el cromatismo como el elemento básico de la pintura, elemento con el que se construyen las narraciones y se trasmiten las emociones pictóricas. No obstante, Velázquez como el mayor genio de pintura universal, no se limita a realizar copias de homenaje como Rubens. Lo que hace es introducir la obra original de Tiziano como un elemento clave de interpretación de la compleja estructura narrativa y temática de las Hilanderas. Es decir, Velázquez convierte su cuadro en un juego de agudeza, de distinción e inteligencia visual que hace trascender una vez más su pintura. Ya que, ese tapiz del fondo, en principio accesorio, es la clave interpretativa del cuadro, es el culteranismo de Góngora llevado a la pintura. Además Velázquez no deja de evidenciar su prodigiosa técnica de aplicación de manchas de color mediante pinceladas pequeñas y rápidas, destacar el movimiento de la rueca de hilar situada en primer plano, donde Velázquez hace una maravillosa insinuación de su veloz movimiento. Con esa técnica de rápida y pequeña pincelada, Velázquez se anticipa en el tiempo al impresionismo del siglo XIX. Algo que también se puede apreciar en otras de sus obras como: sus Vistas del jardín de la Villa Médicis. Además, al igual que en las Meninas, consigue crear una sensación de atmósfera que envuelve sutilmente las figuras, gracias a su prodigioso domino de la perspectiva aérea.

Detalle del sublime movimiento de la rueca de hilar.

En definitiva, la complejidad temática de las hilanderas es tremenda, ya que pasa de ser un cuadro costumbrista, a una obra de temática mitológica, que Velázquez utiliza para expresar su adoración por Tiziano y Rubens. Y que, finalmente, le sirve para afirmarse en un plano superior a sus maestros, gracias a un lenguaje narrativo pictórico tan imaginativo como inusual. Las Hilanderas son el paradigma absoluto de la distinción, la elegancia y la intelectualidad pictórica de Velázquez, que nuevamente consigue trasformar un cuadro mitológico en un icono cimero de la historia universal.