miércoles, 22 de abril de 2009

El Bosco: mundo espiritual y temores del fin medievo.

La mesa de los siete pecados capitales. Museo del Prado.

Hieronymus Bosch (1450-1516), es el más original de los pintores góticos denominados "primitivos flamencos", al lograr crear un mundo extraño lleno de temas alegóricos, ironía burlesca, imaginación, fantasía. El Bosco no se conformaba con la contemplación de la naturaleza, siendo un antecedente remoto del surrealismo del s. XX, por generar un universo caótico y tenebroso colmado de deleites y horrores, que es fiel reflejo del mundo espiritual de fines de medievo. Marcado por una espiritualidad y religiosidad violenta, dominada por el maniqueísmo, la pugna entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo. Un sentimiento espiritual incentivado por la Iglesia, que había utilizado la difusión del miedo, para aumentar su número de fieles y mantener el control social. Lo que genera la proliferación de numerosas sectas y herejías, que son los antecedentes remotos del reformismo posterior de Erasmo y Lutero. Unas herejías que durante el siglo XV no lograr alterar la corrupta jerarquía eclesiástica y monástica. Defendida por hermandades, que difundían ese temor entre las gentes, y El Bosco formaba parte de una de las más radicales, la Cofradía de Nuestra Señora, organización que condenaba constantemente esa sociedad depravada y abandonada a los placeres terrenales.


La Creación del Mundo


De modo que El Bosco es un hombre de su tiempo, con una postura espiritual radical, y su obra es un reflejo de esa espiritualidad de fines del medievo. El Bosco no es apología del delirio y el desenfreno, es condena de los placeres y pecados mundanos. A pesar de representar la más absoluta ortodoxia eclesiástica, su obra pictórica se nos revela como mágica, como unos de los mayores alardes de creatividad y libertad artística de la historia, con una desbordante fantasía y con un esperpento surrealista adelantado a su tiempo. Siendo precedente el profundo cambio estético y de pensamiento que se va producir durante el siglo XVI.


La nave de los locos (Museo del Lovre)

Ese mundo espiritual se refleja en obras como La Nave de los locos (arriba), donde el Bosco realiza un sátira caricaturesca de esas herejías, y de la corrupción de la sociedad y del clero, personificada en seres animalizados con gestos histriónicos. O en La mesa de los siete pecados capitales, con las escenas de los pecados alrededor de la representación de un ojo divino que juzga y combate las frivolidades y vicios mundanos, que van degradando al hombre.



El carro de Heno (Museo del Prado)

Por su parte El carro del Heno (arriba), representa la degradación por las debilidades a las que está expuesto el ser humano y que le hacen ser presa fácil del maligno. De nuevo representa seres degradados y envilecidos dentro de un mundo irracional, delirante y lleno de fantasía. Es un símbolo de los placeres prohibidos, El Bosco crítica a aquellos que los persiguen esos placeres como única meta en su vida. Del mismo modo que el surrealismo contemporáneo trata de invertir las leyes de la realidad, e intenta plasmar un mundo desconcertante e imaginativo de creciente inventiva. El Bosco, con su obra llena de personajes oníricos e incluso monstruosos, intenta recrear una especie de espejismo de la realidad social, una realidad desmaterializada reflejo de la depravación humana.

El Juicio Final (Academia de Bellas Artes de Viena)

Los miedos de fines de la E. Media quedan plasmados en la obra pictórica del Bosco, lo que ha generado numerosas teorías marcadas por la contradicción y la ambigüedad. Algunos las interpretan en clave moralista, otros señalan que tenía neurosis y alucinaciones. Otra teoría muy difundida, pero no fundamentada, es la del autor Fraenger, que señalaba que El Bosco pertenecía a la secta hedonista de los adamitas, que hacía apología de los placeres mundanos y las prácticas orgiásticas. En realidad es una obra llena de fantasía, pero con un claro carácter moralista y adoctrinador. Es un mundo contradictorio, imaginativo y moralizante, que alcanza su cenit con El jardín de las Delicias (abajo)

El Tríptico del Jardin de las Delicias (Museo del Prado)
Contemplar esta obra es acercarse a una de los cuadros más enigmáticos de la historia de la humanidad, tanta creatividad e inventiva la convierte en irresistible, para un espectador que se ve sumido en un desasosiego, abrumado por la capacidad que tiene El Bosco para reflejar nuestros temores y pesadillas. Se trata de un tríptico que condensa todo un universo demencial, a modo de crítica moral de los pecados y placeres que dominan al hombre. De forma que como espectadores nos sumimos en una desquiciante atmósfera de temor y horror, provocada por la delirante fantasía. Destacando la tabla de la derecha (El Infierno) donde aparecen figuras híbridas hombre-animal, tormentos musicales, luces tenebrosas, opresión y alegorías infernales, místicas y sexuales. Esta imagen va a ser aclamada por los sectores más ortodoxos de la Iglesia, al ver en ella una gran capacidad de imponer el temor por Dios en los fieles.

Detalle del Infierno
Felipe II, nuestro príncipe cristiano, cabeza de la ortodoxia cristiana europea, tenía una especial debilidad por la obra de El Bosco. No obstante también va a despertar recelos entre otros sectores del clero, que pensaban que era una descripción demasiado explicita de los pecados. En definitiva estamos ante la obra de un genio, que ha provocado numerosas opiniones contrapuestas, pero que logra generar una emoción pocas veces igualada en el arte. Unas emociones que nos reflejan fielmente el universo de ortodoxia espiritual que dominada la sociedad de fines del siglo XV. De manera que El Bosco sería un puente entre la severidad teocéntrica del siglo XV y la revolución cultural antropocéntrica que supone el siglo XVI.

viernes, 17 de abril de 2009

MASTODON, Crack the Skye.


Tengo que reconocer que me ha costado más de lo habitual realizar esta crítica por las enormes dimensiones y novedades que conlleva la nueva obra maestra de Mastodon. Los de Atlanta están sabiendo evolucionar superando cualquier tipo de expectativa previa sobre el grupo, y dando una lección a aquellos que pensábamos que dentro del metal innovar era significado de rotundo fracaso. Creo que la vida nos da derecho a cambiar y me parece que progresar manteniendo la propia identidad es clave dentro de la escena metálica actual por la gran saturación de grupos existentes. Ya con Blood Mountain la sorpresa fue muy grata, tan grata que es una de las piezas angulares del Metal del siglo XXI (como tan oportunamente señaló en su crítica Felipe). Me ha pasmado escuchar y leer muchos comentarios altisonantes sobre ese disco, del tipo: se han vendido, es más comercial (simplemente por cambiar de discográfica), donde está la brutalidad..., comentarios de gente que se queda con la época de Mastodon pre-Blood Mountain. En mi opinión Blood Mountain nos revela a los verdaderos Mastodon, rompiendo con esa etiqueta de grupo de groove metal o sludge metal al fusionar el trash, el hardcore o el doom, y dando paso a un metal progresivo, que se nutre de toda la historia del metal y del rock, pero sonando absolutamente innovador y original, en definitiva metal sin etiquetas. Un metal progresivo, ensoñador, lleno de matices, de crudeza, de locura, lo más alejado posible de la comercialidad. Y ese camino abierto con Blood Mountain es continuado y transformado por este pantagruélico Crack the Skye.

Con Crack the Skye Mastodon se ponen la cabeza del metal progresivo, sublimando su estilo, la voz de Troy Sanders es cada vez menos gutural y se nos revela envolvente, sutil y llena de matices. Brann Dailor, Brent Hinds, Hill Kelliher se nos muestran como unos verdaderos virtuosos con sus instrumentos, todo suena como una maquina de precisión y creatividad incontestables. Facturando su trabajo más relajado, pero a la vez más intenso y total, exploran su vertiente más psicodélica setentera y etérea. Un disco lleno de matices cambiantes, de profundos teclados, de magnificas melodías, de rotundas guitarras, dando lugar a uno de los discos más evocadores que he escuchado nunca. Es un verdadero viaje astral muy relacionado con el concepto de las letras del disco, una auténtica locura de viaje sideral por el éter universal, en el que te acaba acompañando Rasputín...


El viaje hacia la abstracción se abre con Oblivion, su inicio no puede ser más evocador y enigmático, como a lo largo de todo el disco, con unas voces envolventes y unas melodías inhumanas, excepcional e intenso estribillo y una deliciosa instrumentación. Divinations, primer single, es el tema más crudo y contundente, toda una vorágine instrumental llena de fuerza, la parte central es una auténtica locura, sublimes el bajo y la batería. Quintessence es psicodélica y fantasmal, absolutamente progresiva con aires setenteros, pero más dinámica al endurecerse en el estribillo, a destacar los sintetizadores y teclados que encajan a la perfección, y un colosal Brann Dailor. Así llegamos a The Czar, el epicentro del disco, una arriesgada composición circular dividida en cuatro partes absolutamente épica y muy cercana a los sonidos de los 70, pero sonando absolutamente propios, de nuevo evocadores teclados, destacados cambios de ritmo, donde la labor de Hinds y Kelliher destaca sobremanera con unos inspiradísimos solos. Ghost of Karelia es psicodélica pero contundente, puramente progresiva, la voz se vuelve absolutamente hipnótica, teclados, guitarras toda un desenfreno instrumental, colosal. Mayor crudeza aún encontramos en Crack the Skye, tema en el que colabora Scoot Kelly de Neurosis, con un punto thrash y un glorioso estribillo, pero sumamente progresiva, la crudeza y la melodía amalgamados de forma excepcional. En el final del viaje surge The Last Baron, el mayor hito de la carrera de Mastodon, su composición más arriesgada, progresiva y épica, que los encumbra en el cenit del progresivo actual. Se trata de una orgía de melodías vocales e instrumentación de más de trece minutos, que en ningún momento aburre al no darte descanso en un juego constante de cambios de ritmo, y un moderado virtuosismo con lucimiento especial para la batería y los guitarras. Absolutamente insuperable.

El sonido es espectacular, la producción de Brendan O’Brien ha sabido captar la complejidad y la sublimación de esta obra maestra. Destacar el trabajo del Paul A. Romano que ilustra portada y libreto con un excepcional acierto, considero fundamental, en el momento actual, que los grupos se trabajen la presentación, y Mastodon en eso tampoco defraudan. En definitiva un viaje astral sorprendente, complejo, original e inspirado, que es muy complicado que otro grupo supere en este 2009. Es Metal atemporal, al margen de arquetipos y etiquetas, algo que parecía imposible Mastodon lo ha logrado. 9,5/10

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martes, 14 de abril de 2009

Pasajes de la Historia I: La muerte de Alejandro Magno

Alejandro y Poros obra de Charles Le Brun

Los últimos años de la vida de Alejandro están marcados por sus victorias y conquistas, pero a la vez por toda una serie de desdichas personales. Por un lado la muerte de su hombre de confianza Hefestión Amintoros, que muere en Ecbatana (324. a. C.), aquejado de fiebres y por la negligencia de un médico llamado Glauco, que fue crucificado, mientras Hefestión tuvo unos funerales propios de un rey, superando los que Aquiles hizo por su amado Patroclo. Por otro lado se produce la muerte de su adorado caballo azabache, Bucefalo, en la batalla contra el rey Indio Poros (326 a. C.). Alejandro lloró su muerte y honro su memoria fundando una ciudad en su nombre, Alejandría Bucéfala, en el nordeste del actual Pakistán. Estas tragedias son claves para el precipitado final de Alejandro, que decide regresar a Babilonia, para preparar una nueva campaña militar, en esta ocasión contra Arabia. Donde se introduce en una vorágine de excesos alcohólicos y orgías, que junto con las heridas de guerra le llevan a enfermar sin remisión. En una agonía constante, como señalaba Pseudo Calístenes en su obra, la Vida de Alejandro Magno (III, 32), “Alejandro dio orden de que llevaran en alto su lecho hasta un lugar donde todo el grueso de sus tropas pudiera desfilar cerca de él (...). Ejecutó Pericas las órdenes de Alejandro y, uno a uno, los macedonios se aproximan a su rey y le contemplaron. No había ninguno que derramará lágrimas al ver así a Alejandro, tan gran rey, tendido moribundo en su lecho”.


Alejandro combatiendo en la batalla de Issos, detalle del mosaico de la Casa del Fauno de Pompeya.

Todo un formidable ejército de guerreros turbados sería revisado por un Alejandro agonizante, un ejército de cien mil hombres que se iba a quedar sin su jefe victorioso, que había creado un gran imperio con una inusitada celeridad. Ese gran jefe, engendrado, según la propaganda, por el Díos Zeus-Amón, en realidad hijo de Filipo “el tuerto” de Macedonia, moría antes de cumplir los treinta y tres años. Y con su muerte todo ese imperio alejandrino, que desde Babilonia se extendería aún más por el oeste y por el sur, se derrumbaba. En su agonía, según Quinto Curcio (X, 5) “los soldados, al verlo, rompieron a llorar y daban la impresión de que estaban contemplando no al rey, sino su cadáver, más la aflicción era todavía mayor entre quienes rodeaban su lecho. Al advertir su presencia el rey les dijo: Cuando yo me haya ido ¿encontrareis un rey digno de tales soldados? (...) Al terminar de pasar la multitud, como si se hubiera liberado de toda deuda con la vida, dejo caer sus miembros agotados. Hizo acercarse a sus amigos (la voz comenzaba a faltarle) y, quitándose el anillo del dedo, se lo entregó a Perdicas, añadiendo la recomendación de que ordenara que su cadáver fuera llevado al templo de Amón. Al preguntarle sus amigos a quién dejaba el reino, respondió <el más fuerte>[...]. Estas fueron las últimas palabras del rey y poco después expiró”.

De esta forma Alejandro moría el 13 de junio del 323 a. C., la causa real de la muerte no se puede asegurar con total certeza., Engels consideró que murió de malaria, mientras que Schachermeyr plantea la leucemia como la causa de la muerte, o tantos esfuerzos, heridas de guerra y excesos. Aunque la teoría que más interesaba a la lucha por el poder tras su muerte era la del envenenamiento, del cual culpaban a Antípatro, regente de Macedonia, ayudado por el propio Aristóteles, maestro de Alejandro, y el copero Yolas que le sirvió el vino envenenado. Este supuesto envenenamiento azuzo las luchas entre los que se disputaban su gran herencia. Para los historiadores antiguos el tema no está tan claro, Plutarco señaló en su Vida de Alejandro (c. 37) “la teoría del envenenamiento nadie la tuvo de inmediato (...). la mayoría de los autores cree que la historia del envenenamiento es una invención y tienen como prueba lo siguiente: mientras, durante muchos días, los generales disputaban entre sí, el cadáver, que yacía descuidado en un lugar de calor sofocante, no mostró señales de una muerte semejante, antes bien, se conservó puro y fresco”. Esto último es confirmado por Quinto Curcio indicando que su conservación era tal, tras esos días bajo el sol de Babilonia, que “los egipcios y caldeos que habían recibido la orden de embalsamar el cadáver siguiendo costumbres de sus países, al principio no se atrevían a ponerle las manos encima, como si todavía respirara” (X, 10,12).

Conviene centrarse en el asunto de la sucesión, que Alejandro no había dejado claro, sólo exclamó antes de su repentina muerte “al más fuerte”. Se llegó a un acuerdo en Babilonia trazado por los astutos Éumenes y Ptolomeo en los siguientes términos: si Roxana, mujer de Alejandro, tenía un hijo varón ocuparía el trono acompañado de Arrideo, el hermano de Alejandro, mentalmente retrasado. Que serían totalmente controlados por los regentes o sucesores directos (diádocos) lo que va a suponer la división del imperio alejandrino. Perdicas asumiría el gobierno del imperio cuya administración se repartieron Antipatro (Macedonia y Grecia), Lisímaco (Tracia), Antígono (Frigia y Lidia), Éumenes (Capadocia) y Ptolomeo (Egipto). Tras cuarenta años de luchas entre estos generales sucesores, todo desemboca en tres grandes monarquías con sus respectivas dinastías: la de los Antigónidas en Macedonia, la de los Seléucidas en Asia Menor y los Ptolomeos en Egipto. Del imperio se pasa a la monarquía, toda la obra de Alejandro quedaba sepultada cuatro décadas después de su muerte. Mientras la fama del gran Alejandro se extendía, como ese gran conquistador que finalmente fue enterrado en Alejandría, en un magnífico templo que con el tiempo, al igual que la Biblioteca, desapareció entre las ruinas de Alejandría. Del mismo modo que su glorioso imperio fue derruido por la ambición de sus generales. De manera qué ¿era preferible la tiranía de Alejandro o la cruel desfragmentación a la que se vio abocado su imperio?, y que desemboco en monarquías tiránicas. Me temo que este como otros muchos pasajes de la Historia siempre quedará abierto a la reflexión.

Imperio de Alejandro en el cenit de su expansión

jueves, 9 de abril de 2009

Grandes Discos del Metal. MASTODON, Blood Mountain.


Si la historia del rock (y del metal) no estuviera escrita, si no se ha dicho ya todo, y aún quedan muchos capítulos por escribir, entonces un disco como “Blood Mountain” de Mastodon debería ser considerado una pieza clave del nuevo metal. Para algunos podría ser perfectamente lo contrario: el testimonio de una forma obsoleta de concebir el metal,… pero es más lo otro que esto último. Me explicaré, pero tened paciencia... No puedo hablar directamente del disco sin describir mi relación con el grupo.
Mi primer contacto con Mastodon fue a través de ese horrible panfleto que respondía al nombre de Rock News y que sólo servía para tenerte informado de las novedades de los sellos distribuidos en España por Mastertrax (si no recuerdo mal). En un número, vi la presentación-anuncio de “Leviathan” –el disco anterior a “Blood Mountain”- de un grupo para mí desconocido y de portentoso nombre, Mastodon. Recuerdo aún a qué bandas se comparaba este cuarteto: Metallica, Neurosis y ¡Thin Lizzy! Metallica y Neurosis vale, pero ¿Thin Lizzy? Como aprendí con el tiempo a desconfiar de los redactores de esa revistilla, pues sólo pude sonreír ante tal descripción: vista la foto del grupo, tenían de todo menos de Thin Lizzy. Creo que, si mi memoria no me falla (que lo hace), aunque el nombre del grupo no se me olvidó, en aquel momento no sentí la suficiente curiosidad como para investigar sobre él.

Mi segundo contacto con Mastodon tuvo lugar en las páginas de la revista (ésta ya no un panfleto) This Is Rock. En ella aparecía una entrevista con el grupo y la crítica de un concierto en tierras ibéricas. Ése fue el Momento, ahí fue cuando me picó el aguijón de la curiosidad y me decidí a bucear en internet para saber cómo demonios sonaba el grupo, cuál era su música…



Así llegamos al tercer contacto: con su música (y sus videos), a través de la página web de Relapse Records. Dos canciones (con el correspondiente video de una de ellas): “Iron Tusk”, de “Leviathan”, y “March Of The Fire Ants”, de “Remission”. ¿Mi primera impresión? Aunque no la recuerde con precisión, sé que aquello me sonaba bruto, hosco, desquiciado, siniestro… Comprendí la comparación con la banda de post-hardcore —por colgarle una etiqueta, tal vez debiera decir sludge— Neurosis, especialmente, por el sonido. Porque Mastodon no arrastra ese aire doom que exhibe Neurosis. Y, aunque el video de “March Of The Fire Ants” lo reproducía una y otra vez en mi ordenador, especialmente cuando me sentía más frustrado, aquel primer contacto con su música no me engatusó demasiado. Vamos, que Mastodon no parecía estar destinado a ser uno de mis grupos favoritos.

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Es aquí donde el cuarto contacto con Mastodon entra en combate. Si para Chuck Billy, “third strike is deadly”, para el que esto escribe, fue el cuarto. Me atreví a escuchar “Blood Mountain” y… caí rendido. Descubrí una nueva maravilla. Un disco tremendo que consiguió dejarme boquiabierto, que arrasaba mis oídos y los plagaba de piruetas sonoras e instrumentales (debidas en gran parte a ese portento de las baquetas que es Brann Dailor). Lo gracioso fue escuchar un poco más tarde los discos inmediatamente anteriores de la banda, “Remission” (2003) y “Leviathan” (2004): no se podían comparar con esta Montaña de Sangre (e imagino que tampoco el primer disco, “Lifesblood” -2002-). Aquí entramos en el meollo...

Los Mastodon pre-“Blood Mountain” son un combo de música bestial, deudora del thrash, del death, hasta del doom, del stoner, del hardcore y a saber de cuántas corrientes más (ya os digo, creo que a esta música le colgaron el nombre de sludge, pero no lo puedo asegurar). Bestial, sí, pero con ciertos flirteos con lo melódico, con estructuras más o menos complejas, que rayan lo progresivo. Pero “Remission” y “Leviathan” son obras muy monocromas en comparación con “Blood Mountain”. Porque si existe una palabra que pueda resumir la esencia de “Blood Mountain” es ésta: colorido. Frente a la rudeza de las canciones de sus anteriores trabajos, las composiciones de “Blood Mountain” destacan por su sofisticación; frente a la simpleza y la economía de recursos, la diversidad y la borrachera de efectos sonoros y un coqueteo mayor con la complejidad. Quizás se podría decir que “Blood Mountain” es fruto del refinamiento de los planteamientos musicales de Mastodon, y es posible que más de uno vea en dicho refinamiento una traición a sus inicios, a su ‘verdadera’ esencia. Yo no veo traición, no veo una apuesta por la comercialidad o por la accesibilidad en la reducción de decibelios y de distorsión: yo veo el enriquecimiento de una banda que puede decir mucho. Y no noto una renuncia, sino un intento acertado de pulir su música, un afán de superación.

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Al principio de esta crítica, decía que “Blood Mountain” debería ser considerado una pieza clave del metal moderno. En el gran edificio en construcción que es el metal, éste sería un ladrillo fundamental. “Blood Mountain” significaría savia nueva, ya no para el metal en general, sino en concreto para una de sus vertientes, ésa que tanta repercusión parece haber conseguido últimamente, el metal progresivo. Y donde digo savia nueva, bien me vale como sinónimo “una perspectiva nueva”. Si hubiera un antecedente para lo que Mastodon ha hecho, bien podría ser Tool. O incluso Mr. Bungle —¿referencia quizás más improbable?—. Pero Mastodon saben alejarse de dichos referentes, lo imprescindible, para marcar su propia personalidad, que resulta de un combinado de influencias variadas y que ahora mismo no sabría nombrar. ¿Nos hallamos ante un grupo novedoso dentro de la escena progresiva? Desde luego, más virtuosos serán otros, incluso mejores músicos, no lo negaré, pero más allá de tales consideraciones, es decir, del aspecto técnico, en Mastodon destaca su originalidad a la hora de abordar la música progresiva, no tan pomposa ni tan elegante como hasta hace muy poco los grupos clásicos han hecho. Aunque con un punto sinfónico (en este disco), lo que se agradece en Mastodon es la fusión de estilos, que parece consagrarlos como unos nuevos Sepultura, incluso así radicalmente distintos al grupo brasileño.
Entonces, ¿se han puesto el listón muy alto con este “Blood Mountain”? Para el que escribe, una cosa es cierta: han alcanzado un pico muy elevado, y la montaña que les queda por escalar se antoja una aventura complicada. Al mismo tiempo, estoy casi seguro de que este grupo se reserva unas cuantas sorpresas. Ahora sólo queda escuchar su nueva obra, “Crack The Skye” (2009), para comprobar si, con mi última apreciación, he dado en el clavo o me equivoco.

Crítica realizada por: Felipe Manuel Ortega Cecilio